«Yo no soy racista, pero...»

Una experiencia (más) de discriminación en España.



Discriminación en la biblioteca de La Cala del Moral

Comienzo con algo que le leí a Amin Maalouf. Dice que si no somos capaces de construir en este siglo una civilización común con la que todos podamos sentirnos identificados, naufragaremos juntos en una barbarie común. Seguimos avanzado siglo adentro y sin embargo, esa mirada colectiva heterogénea continúa siendo una utopía. Y lo es en parte gracias a una fatal triada (violencia, normalización y silencio) que neutraliza los ataques a quienes son diferentes normalizando actitudes de violencia y silenciando las denuncias colectivas. Tenemos una responsabilidad civil en este asunto y es este compromiso el que me impulsa a escribir este artículo, en el que comparto una experiencia de discriminación que tuvo lugar en una biblioteca de España hace una semana.


Extranjeros en España


Según un informe del Instituto Nacional de Estadística, una de cada diez personas en España tiene una nacionalidad diferente a la española. Esto significa que el diez por ciento de los residentes, que contribuimos con la economía y la cultura del país, no hemos nacido aquí. Es decir, y busquemos la mayor claridad posible, que en una población de 46,66 millones de personas, 4,66 millones somos extranjeras. Otro estudio muestra que más de la mitad de esa comunidad extranjera residente en España ha sido víctima de discriminación alguna vez a causa de su origen étnico. Y un tercer estudio, realizado por la Red Acoge, revela que el 90% de las víctimas no abre denuncias porque piensa que no sirven para nada, que denunciar no cambia las cosas. Gracias a este circuito de violencia normalizada sigue siendo una utopía ese mundo diverso.

La discriminación étnica o racial es a veces muy difícil de identificar porque no siempre se refleja en insultos agresivos; situaciones extremas en las que ya resulta difícil no reconocerla, denunciarla y hacer algo contra ella. La mayoría de las veces la discriminación se alía con, y ésta es una palabra que me resulta horrorosa, el microrracismo; término que alude a aquellos comportamientos de discriminación que son imperceptibles, que se hallan tan naturalizados en la cultura que pasan desapercibidos. Que un policía te pida tu documento al caminar por la calle, asumiendo tu ilegalidad por tu color de piel o por tu forma de hablar, es una forma de violencia que pasa desapercibida para la mayoría de los que transitan por esa calle, pero a la que deben enfrentarse cada día un gran porcentaje de esos 4,66 millones de residentes. Estas actitudes tienen un objetivo: cansarnos, meternos miedo, convencernos de que cuanto más tiempo pasemos aquí menos fáciles nos resultará la vida. El microrracismo es otro habitante de nuestra sociedad. Constantemente tenemos que oír frases como «tú porque no eres de aquí...», con las que muchos españoles dejan fuera de juego nuestros argumentos políticos o de cualquier índole por considerar que al no haber nacido aquí no tenemos derecho ni herramientas para juzgar lo que les pertenece a ellos por naturaleza. Nacer en un lugar es para muchos el sello de calidad y de autoridad que se requiere para decidir y opinar. Supongo que esas personas jamás se convierten en extranjeras; tanto miedo a otras culturas no puede derivar en vuelo.

Estamos hablando de discriminación en la calle, en el autobús, en el metro, en el colegio, por parte de ciudadanos; es decir, situaciones cotidianas que se repiten cada día en todo el territorio español y cuyas víctimas son extranjeras. Existe, no obstante, una violencia estatal y burocrática que lima aún más el ánimo de los extranjeros, y que es quizá una de las formas más contundentes que tiene la discriminación en el país. Violencia que tiene nombre y apellido: Ley de Extranjería. Un asunto burocrático que crea un marco para la ilegalidad y la lucración a costa del extranjero, es decir, de una persona que necesita regularizar su situación como residente y que debe soportar el abuso de un sistema que no le reconoce como ciudadano. Lo cuenta aquí muy bien María Marín.


Mi experiencia en una biblioteca de España


Siempre he sido una bicha de biblioteca. De pequeña, la biblioteca era el refugio en el que entraba para huir de la dictadura patriarcal. He considerado siempre que los libros representan un espacio de diversidad, donde todos deberíamos sentirnos a salvo de la crueldad del mundo. Sigo creyendo en eso. Mi vida semi nómada me ha llevado a conocer diversas ciudades. Seguramente, de todas ellas pueda describir con mayor precisión sus bibliotecas que los monumentos más populares. Cuando llego a una nueva ciudad, antes de hacerme el carné de la seguridad social ya estoy inscribiéndome en la biblioteca. Y no fue Málaga la excepción; donde resido desde hace más de ocho años. Por eso la experiencia que quiero contar aquí me ha marcado tanto. Porque entender que el racismo avanza sobre ese universo que es mi casa me causa una profunda tristeza.

Vuelvo a la discriminación; porque quiero apuntar una cosa más que me parece importante. Me he topado con mucha gente que asume que por ser blanca no sufro discriminación, o si es así, que la violencia contra personas como yo es mucho más leve que la que sufren las personas de piel oscura. Igual tengan razón. Igual yo no tenga idea de qué es la discriminación racial. Pero aún así, ¿no tengo la responsabilidad de luchar contra el racismo? ¿No tengo la responsabilidad de denunciar cualquier tipo de discriminación, aunque no vaya dirigida contra mi persona? Y una cosa más: esa forma de jerarquizar el nivel de racismo, ¿no es acaso una forma más de normalizar el maltrato? ¿Existen niveles de violencia soportable? No he elegido ser blanca. No he elegido el lugar del que provengo. Pero parece que las blancas no podemos denunciar maltratos por ser extranjeras: estamos en un espacio fronterizo, entre el privilegio y la invisibilidad. No tenemos derecho a decir «esto me ha ocurrido por ser extranjera», porque se nos tilda de exageradas. Y por eso, muchas veces nos callamos. Soportamos. Y por eso, yo me he callado tantas veces. Hasta ahora.

Hace unos años me mudé a la localidad de La Cala del Moral. En cuanto llegué, me asomé a su biblioteca (ubicada en el número 9 de la Plaza Gloria Fuertes), asumiendo que sería ese espacio de recogimiento que siempre han sido estos lugares para mí. Pero desde el primer momento el trato que recibí por parte de su bibliotecaria, Lourdes Cuadras, fue despectivo. Asumí que sería una persona desagradable, pero poco a poco me di cuenta de que no nos trataba a todos de la misma forma. Finalmente opté por dejar de ir y continué yendo a la biblioteca de Málaga: me resultaba menos engorroso viajar al centro que soportar ese nivel de agresividad. Hace unas semanas decidí volver para solicitar un par de libros, con el deseo de que las cosas fueran diferentes. Esto fue lo que pasó.

Entré y pregunté por la narrativa española. Sin levantarse de la silla, Lourdes me indicó cuáles eran los anaqueles. Como no encontraba lo que buscaba le pedí ayuda. Intentó guiarme sin levantarse, hasta que finalmente vino, de mala gana. Los libros se hallaban desordenados, pese a lo que ella afirmaba «están igual que en cualquier otra biblioteca», y por eso no era sencillo orientarse. Antes de irme pasé por el mostrador para fichar los títulos que deseaba sacar en préstamo. La señora me dijo que el tiempo del que disponía para leerlos era de quince días. Yo, lógicamente, estaba al tanto. Insistió diciéndome que si no los devolvía a tiempo me sancionarían; lo cual si no es una amenaza, que alguien me explique qué es. Por supuesto yo ya estaba al tanto de la sanción, porque es parte de la información que cualquier lector asiduo a las bibliotecas conoce. Insistí en llevarme los tres libros. No había razones para que me los negara; los registró, pero antes de entregármelos me pidió mi documento de identidad. Ya le había entregado mi carné de la biblioteca, que es lo único que necesitas para sacar cualquier libro del catálogo de la red de bibliotecas. Jamás, ni siquiera en los préstamos interbibliotecarios me han solicitado mi NIE. Le pregunté para qué lo quería y su respuesta fue: «para ver el domicilio; porque si no devuelves el libro a tiempo, tengo que enviarte una carta certificada».



En este punto habría que aclarar dos cosas: que esta señora, no sólo asumió que yo me iba a atrasar en la devolución de los libros y sería incapaz por ende de renovar el préstamo, sino que para demostrar su desconfianza usó un argumento falso. Cualquiera que ha tenido algún atraso en la devolución sabe que el mensaje de reclamo se envía por correo electrónico. Eso le dije, pero insistió en que ella prefería hacerlo por correo postal. Llena de impotencia accedí, con ganas de irme, de no seguir soportando esa situación. El hecho de que haya asumido que por ser extranjera tengo menos comprensión lectora que ella me resultó muy violento. La idea de que haya sospechado que mi nivel de educación es inferior al suyo sólo por ser extranjera me indignó. Así como me llenó de tristeza ver que en la biblioteca había como mínimo 10 personas, que presenciaron esta situación y permanecieron en silencio, en su burbuja de confort nacionalista.

Pese a todo, cuando me fui hubo algo que me hizo más ruido y que me dejó un nivel de desazón que todavía me acompaña. Supongamos que yo fuera una persona con serias dificultades para completar la lectura de esos libros en el tiempo establecido, alguien que no haya tenido la oportunidad de recibir una educación formal o autodidacta lo suficientemente sólida como para leer con fluidez, ¿no debería recibir una mejor atención? ¿no sería ésta una buena razón para que alguien en una situación mejor empatizara conmigo e intentara ayudarme? ¿Cómo es posible que se crea que la delincuencia está directamente relacionada con la falta de oportunidades o con un bajo nivel educativo? ¿Cómo es posible que se asuma que algunas personas merecen más que otras por el hecho de haber nacido en un determinado lugar?

He emitido una denuncia contra Lourdes Cuadras en la red de Bibliotecas. También en el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria. No sé si esto servirá de algo. Lo que sí sé es que estoy cansada de tolerar estas actitudes, de verlas o de sufrirlas, y no voy a seguir callándome. Hay muchas Lourdes que en locales llenos de gente denigran a extranjeros sin que nadie diga nada. También hay en España muchísima gente empática. Tengo amigos y amigas maravillosos que cuando les he contado la situación se han puesto como locos; verlos así me ha animado, porque me ha hecho sentirme menos extraña. No nos hace el país en el que nacemos; nos hacemos nosotros, nos construimos y deconstruimos constantemente. Sé que las estadísticas no representan a todos los españoles y españolas, y quiero decir a cada uno de ellos. Esta certeza es la que me permite seguir creyendo en la importancia de la individualidad, y en la idea de que en pequeños gestos habita la diferencia. Por eso, he querido escribir esto, porque yo que no tengo patria he sabido encontrar en algunos españoles mi casa, y no quiero que se desmorone.

En España 1 de cada 10 personas es extranjera. Según las estadísticas, entonces, 1 de cada diez personas debe tolerar ser maltratada por sus orígenes. El microrracismo se halla absolutamente naturalizado y normalizado. Pero ¡dejémonos de eufemismos! Hablemos con todas las palabras: en España está permitido que te desprecien por ser extranjero. Porque el sistema se sostiene gracias a esa triada (violencia-normalización-silenciamiento) que hace posible que muchas Lourdes campen a sus anchas, denigrando y generando incomodidad sin pagar por ello, y mucha gente sigue indiferente en su burbuja de confort asumiendo que es el precio a pagar por recibir en préstamo una residencia en España. ¿Lo vamos a seguir permitiendo? ¿Vamos a seguir naufragando en esta barbarie común?


La biblioteca como espacio obligatorio de diversidad

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