«Somos luces abismales», de Carolina Sanín (Blatt Ríos)

Reseña de «Somos luces abismales», de Carolina Sanín (Blatt & Ríos).


«Uno escribe para saber dónde está», escribe Carolina Sanín en Somos luces abismales (Blatt & Ríos), un libro que se puede leer como una remembranza de la construcción de certezas, que repasa las intenciones de la escritura y se fija en la memoria como conector innegable de lo vivido y lo contado. Un libro tierno y bello que se disfruta de principio a fin.


¿Dónde está el origen del lenguaje?


Entre los temas más importantes que atraviesa el discurso de Sanín nos encontramos con nuestra relación con el lenguaje. Ese asumir que lo que tenemos es lo que hay: nuestra manera de decir es la única forma de encarar las palabras. Esto, según leemos, nos obliga a pararnos en un lugar. La escritura no puede desprenderse del espacio, porque se construye tomando los estímulos del mundo, y va trazando conexiones entre presente y memoria. Quizá sea ésta una de las claves estéticas del libro. ¿Sería posible un texto que no fuera un espacio?.

La relación con su abuelo, una casa en el campo, donde plantar árboles y soñar con el futuro, un potro en el camino, la posibilidad de un doble literario y vital en dos puntos distintos del globo terráqueo. Cosas que, a simple vista no tienen nada que ver entre sí, pero que le sirven a Sanín para remontar su obra. Como disparadores para reflexionar sobre el paso del tiempo y las heridas imborrables del dolor.

El dolor: tanto el propio de las pérdidas, como el que impone el paso del tiempo, es otro de los ejes sobre los que gira la palabra de Sanín. Las complicaciones, la enfermedad, el miedo, las vidas que ya no están. Cabe una pregunta en torno a de qué forma los males de la vida nos transforman, nos obligan a tomar ciertas medidas, a desarrollar ciertos patrones. «No se suceden los males, sino que se enredan, que es lo contrario de sucederse y también de manifestarse».

Nuestra forma de mirar condiciona lo que vemos. Esta es otra de las ideas que confluyen en este libro. «Hay cosas que se aparecen a la vista. / Hay escenas y paisajes. / Al verlas, uno cree que está mirando». Encontramos un esmerado esfuerzo por encontrar el origen de la realidad. ¿Lo que vemos hace o simplemente muestra? ¿Lo que sucede es o simplemente atraviesa nuestro ojo? Y podríamos seguir planteando un sinfín de preguntas donde la mirada afecte la realidad.



En lo estético, lo revuelto


Uno de los rasgos fundamentales de este libro es su no pertenencia a ningún género. Puede leerse como un cuaderno de apuntes biográficos (que no llega a ser un diario), como un conjunto de relatos (si pensamos que un acontecimiento puede ser algo estático, una imagen que se va construyendo a sí misma frente a nuestros ojos lectores) o como un ensayo (donde la pregunta es el lenguaje y nuestra relación con la escritura). Y, sin embargo, no es ninguno de estos géneros, porque le faltan aptitudes para encasillarse. Y aquí reside su mayor mérito: su carácter rebelde y revelador, de una realidad que no está escrita y que convierte a la escritura en un camino de ida hacia un destino inalcanzable.

Entre las cosas más llamativas, por interesantes, habría que señalar la fuerza de la voz poética sobre la narradora. El trabajo de la prosa tiene más que ver con la concreción de la poesía que con lo sobrio de la narrativa. Hay, además, una clara intención de persecución de la belleza, que contagia a la estructura de este libro y nos invita a pensar de una manera distinta las intenciones de la voz poética. Lo que intento decir es que, pese a que el discurso se presenta directo, en su realismo hay también abstracción y un empeño por mostrar figuras literarias más cerca del verso que del párrafo narrativo.

Sanín rebusca en las formas y va construyendo un libro desestructurado. En el comienzo, hay una estética más narrativa pero, a medida que avanza, que se interna en el interior de las voces y las formas, la estructura se va deconstruyendo, ofreciendo una lectura impactante de cómo se trabaja el proceso de identificación del yo con el lenguaje. Este aspecto del libro es el que más me ha interesado. Y tiene que ver con el origen, del lenguaje y de las cosas. «¿Cuándo nace un árbol?¿Se dice que nace cuando un ojo humano advierte el primer brote que sobresale de la tierra? Pero, para entonces, el árbol ya ha crecido. ¿No sucede afuera el nacimiento, sino dentro de la semilla?» Es inevitable toparse aquí con la perspectiva.

Carolina pertenece a ese grupo reducido pero vivísimo de escritores latinoamericanos que trabajan la literatura del no suceso. En la línea de mi queridísimo Sergio Chejfec, aunque con un registro mucho más directo, Sanín nos cuenta experiencias más o menos descalabradas e inconexas, pero lo que en realidad trata cada texto no aparece en el texto. Hay que ubicarse detrás del lenguaje para adivinar la historia. Esto es algo que me fascina y una de las grandes razones para leer este libro.

Somos animales destrozados por la herencia. Y, sin embargo, podemos encontrar luz en los huecos más impredecibles. Rotos, pero capaces de sentir de nuevo la idea de vida. Todo eso viene a decirnos Sanín en este libro bellísimo, estético y muy disfrutable. ¡Que nadie se lo pierda!



SOMOS LUCES ABISMALES. CAROLINA SANÍN. BLATT & RÍOS. 2020

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