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Flora Rueda Laorga
De la oscuridad hacia la luz
«Empezar donde anidan las sombras, en su cavidad. Chopos que arañan el camino, un pájaro oscuro sobrevuela el trigal. Nubes que lo esconden todo». Abro el libro, empiezo a leer, y entro a un espacio donde el tiempo se detiene. Me sumerjo en el sonido de las hojas que el viento mueve, en el imperceptible caminar de las hormigas por el tronco de un roble, en la conversación silenciosa de las raíces debajo de la tierra. Recuerdos de la niñez, confidencias, citas literarias.
En Un árbol de compañía (Páginas de Espuma), la escritora Clara Obligado y el biólogo Raúl de Tapia nos acompañan, con mucho amor, en este íntimo deambular por el mundo de los árboles y logran que este ensayo a cuatro manos, este “manifiesto por los árboles”, sea un punto de encuentro y una simbiosis entre literatura y ciencia, disciplinas que vienen dialogando desde la Antigüedad hasta nuestros días.
Lucrecio, en De rerum natura, explicó el atomismo y la física usando la poesía épica; los descubrimientos de Galileo influyeron en El Paraíso Perdido de Milton, y el galvanismo sobre el Frankenstein de Mary Shelley, por poner algunos ejemplos. En la época contemporánea la fusión entre la observación científica, el ensayo personal, la memoria y la conciencia ecológica se concretó en la llamada Nature Writing o Literatura de la Naturaleza que, aunque tiene una fuerte tradición anglosajona (Emerson, H.D. Thoreau, R. Carson…), es hoy un movimiento global con autores destacados en diversas lenguas que exploran la conexión entre el ser humano y el medio ambiente.
Parece evidente que, sin la curiosidad narrativa, la ciencia sería árida; sin el rigor de la observación científica, la literatura perdería una de sus mayores fuentes de asombro. La pregunta también se la hacen los autores: «En el diálogo con Raúl subyace también una pregunta: ¿qué le puede dar la ciencia a las letras, las letras a la ciencia? Pensar sin fronteras, ese punto de encuentro, tan complejo, ese desencuentro».
Y, más adelante, Raúl comenta: «La ciencia es poesía demostrada».
La voz narradora: una simbiosis peculiar
En este “ensayo al aire libre”, absolutamente contemporáneo en su afán por plantear dudas más que por sentar cátedra, la voz de los autores no es la de un botánico o una académica distantes, sino la de dos personas que sienten el paisaje y que, en su diálogo, van aportando sus saberes pero, también, sus historias personales.
Clara se encarga de organizar todo el material y adopta el papel de narradora. La escritora narra el proceso: «El libro avanza y vamos amalgamándonos en un idioma que no es propio, sino de los dos, rasgo mi prosa para cobijar la suya, le hago un lugar, anidan sus ideas en el plumón de mis palabras. Textos fluidos. Travestismo literario: me convierto en autora de los textos de Raúl, él naufraga en mi voz».
Un ejemplo de este “naufragio”, es este fragmento de una historia de Raúl narrada por Clara: «Tengo diez años y estoy sentado con una cadena a la caseta de los perros. Me han atado los hijos del amo. Frente a un seto verde, detrás del huerto. Sentado en el techo de la caseta vecina está Cid, un perro viejo con cuerpo de ceniza. Cid me estudia con su rostro triste y serio. Un día lo ahorcarán. El collar me aprieta el cuello, duele, pero la hierba cortada huele bien.[...]»
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Un sistema radicular
El ensayo actual permite merodear. La falta de orden académico de la narración es, en realidad, un orden orgánico, muy similar a como crece un bosque. La estructura fragmentaria y aparentemente errante de Un árbol de compañía, es -como dice Clara en una entrevista- “como la vida” y, globalmente, resulta un acierto. Una lectura más atenta nos revela la organización subyacente: un sistema radicular, con una raíz central o hilo conductor: la vida de Raúl desde niño. La ausencia de capítulos facilita el deambular del lector desde el dato objetivo a la reflexión íntima, a los recuerdos, a la digresión etimológica o a la cita literaria.
La línea temporal central -un año, de verano a verano, con entradas y salidas en el tiempo- es muy poliédrica y se construye desde ángulos distintos, pero con un esquema que se repite: unas veces se parte de la mención de un árbol con cierta vinculación emocional con los autores (un tilo, un chopo, un castaño, un ciprés…) y desde ahí se despliegan las digresiones: reflexiones, confidencias o referencias literarias. Otras veces el proceso es a la inversa. Son narraciones de ida y vuelta que van tejiendo ese aparente “totum revolutum” de la escritura. Y en el interior, medio escondidos, retazos de la infancia de Raúl. El paso de las estaciones va marcando el ritmo. Los rituales de la Naturaleza cobran protagonismo.
El libro comienza al final del verano, con las hojas de los tilos de Viseu: «Sobre mi cabeza, las hojas del árbol son un corazón invertido, florecitas petulantes transpiran su fragancia. Es tan sutil el siseo de las hojas que subraya el silencio. Parece que los tilos han llegado hasta la plaza para apaciguar, bajo esta sombra que parpadea nada malo puede suceder».
En otoño, los pinos de Valsaín: «Los pinos de Valsaín, su siseo cuando los borda el aire, este vagabundeo que tiene algo de místico [...] En la base de los troncos cortados, un grupo de pájaros carpinteros come hormigas, la percusión de los picos indica que, corteza adentro, existe una vida profunda».
Y termina el libro al final del verano siguiente, con la excursión familiar a la gravera que Raúl ha transformado en bosque plantando semillas a lo largo de veinticinco años: “desextinción”, lo llama la RAE. La semilla cierra el proceso. En ella está toda la información: «Semilla adentro está el ser en potencia, diría Aristóteles, con toda la información necesaria para desarrollar la arquitectura de un árbol. Está el tronco, con todas sus variables y momentos, la textura de la corteza, su fuerza, el sentido del equilibrio, el punto exacto en el que se levantarán las ramas y se enterrarán las raíces. Cada una de las cien mil hojas de un roble figura en esta bellota que todavía no ha caído al suelo. Perturba pensarlo».
La amistad, un árbol que crece
Se transita de una estación a otra y las historias viajan también de un lugar a otro: Viseu, en verano; Madrid, Valsaín y La Alberca en otoño; Bogotá en invierno, Navidad en París; primavera y verano, en La Vera y Salamanca; algún viaje, a Buenos Aires, Nueva York…Y entre viaje y viaje Raúl y Clara se escriben. El libro se va gestando. Y también su amistad, que avanza, en general, más deprisa que el relato.
«Cierro el cuaderno y pienso en Raúl, en este libro que intentamos escribir juntos. [...] Van pasando los meses y ya no sé qué es más laborioso, si nuestra tarea a cuatro manos o hacernos lentamente amigos. Voy inventando la estructura de estas páginas como una forma de cercanía con Raúl. Los árboles y la edad me han enseñado a ser paciente. Con Raúl todo fluye, a lo largo de los meses nuestra amistad avanza, el libro, no».
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Entre el zorro (las humanidades) y el erizo (las ciencias)
«Escribir es volverse árbol». Un árbol de compañía es un buen ejemplo de cómo el fenómeno anglosajón del Nature Writing (o “Literatura de la Naturaleza”) se ha adaptado a nuestros tiempos, incorporando la memoria personal y la denuncia ecológica a los conocimientos científicos. La botánica inunda las páginas del libro, que se llenan de términos científicos, ilustrados con estupendos dibujos de Raúl.
De los árboles hay historias asombrosas que contar: tilos y castaños que florecieron por segunda vez en Hamburgo después de un bombardeo; la longevidad del tejo de Fortingall, en Escocia, con más de 3000 años o el Tejo de 800 años de La Alberca; el misterio del “árbol zombi” de Nueva Zelanda; palmeras que “caminan” como los Ents de Tolkien, los conocimientos botánicos de las oropéndolas, o las raíces del tocón de chopo descomunal del pueblo de Raúl que nadie pudo arrancar. Historias, cuentos, árboles que perduran. Y un léxico que fascina a la escritora:
«Las palabras, las hermosas palabras de la ciencia que Raúl pronuncia con soltura y que, para mi, son notas musicales, lenguaje cifrado: dosel, tuberosa, napiforme, pecíolo, cáliz. Caliptra, limbo, plúmula, albura, cambium. Duramen, médula, corola, estambre. Estigma, estilo, epicótilo, sépalo, cotiledón. Saxífraga».
Las etimologías, reales e imaginadas, se dispersan a lo largo del texto; ciencia y poesía se funden:
«Etimologías sombrías: sombreros, asombro. Sombra viene del latín, umbra: umbral, penumbra, lumbre.
Retoñar: Para Corominas “volver a echar vástagos lo que ya había brotado por primera vez. Y más adelante escribe Clara: «Me invento una palabra: Reotoñar: el eterno retorno».
Junto a los árboles, las aves cobran protagonismo porque son testigos de la salud de un bosque: «Un río no solo necesita fresnos, precisa también sauces, álamos, olmos. Saúcos, majuelos, espadañas, carrizos. No es un conjunto de árboles, sino una comunidad de seres vivientes. Y hacen falta cantos: zorzales, garzas, ruiseñores. [...] ¿Son suficientes quince zorzales, diez mirlos, cinco garzas reales? Por el sonido, los ornitólogos pueden intuir la salud de un bosque». (Esto ya nos lo contó Rachel Carson, en su pionera Primavera silenciosa, de 1962).
El ensayo hoy funciona como una red de lecturas compartidas. En este, la intertextualidad es parte esencial del discurso porque, además de informar, los autores buscan deleitar y conmover, para lo cual echan mano de otros muchos textos. El dato científico se combina con la cita literaria o filosófica. Los versos del poeta indígena Caístulo, de la cita inicial, anuncian el tono del ensayo: «yo no soy nada / si no estoy al lado / de un ser querido / como un árbol / si no me dejo llevar por ellos no sé nada / soy tan torpe / tan torpe».
A medida que vamos leyendo nos topamos con las palabras de grandes poetas: «entremos más adentro en la espesura» (Juan de la Cruz); «Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros…» (Rosalía de Castro); «Comparado conmigo es inmortal el árbol / y las flores más audaces». (Sylvia Plath); «Lección de la saxífraga: / florecer/ entre piedras / atreverse» (Ida Vitale), y muchas otras que dan profundidad al texto y orientan su sentido: de Emily Dickinson, Louise Glück, J.L. Borges, L. Cernuda, J. Gil de Biedma, Mary Oliver, Chantal Maillard, José Emilio Pacheco o estas, tan apropiadas, de Marcos Ana: «Decidme cómo es un árbol / contadme el canto de un río / cuando se cubre de pájaros».
También nos salen al paso fragmentos de autores como Walter Benjamin, Vladimir Propp, Sánchez Ferlosio, Chéjov, Valerie Trouet, Mary Shelley, Gómez de La Serna, Stephano Mancuso, Lola Nieto, Shakespeare, Bohumil Hrabal, Joaquín Araújo, Fernanda Trías, Georges Pèrec, Erri de Lucca… y nuestro horizonte mental se abre de par en par al conocimiento y al disfrute.
Clara escribe frases, como versos, que sellan esa unión entre las ciencias y las letras:
«Escribir es volverse árbol. La ciencia es poesía demostrada. Los sonidos del bosque se pueden leer. Antes de que nosotros escribiéramos, los árboles ya sabían hacerlo, todo libro fue antes bosque, pájaro, lluvia, viento, cada página es un triturado de madera y pulpa de celulosa que deconstruye la memoria de los anillos, una biografía trizada que cuenta el tiempo de otras vidas».
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Después del libro
«Vivir es arder. Morir es volver a empezar. Yo voy a ser árbol». Esta frase de Joaquín Araújo (de 999 sugerencias que me hizo la natura) representa todo lo que vibra en Un árbol de compañía, una obra que es un canto a la naturaleza y a la amistad, un libro que nos reconcilia con el mundo. Su lectura nos desacelera, abre nuestros sentidos a la contemplación y a la reflexión y nos propone adentrarnos en esa espesura verde donde nuestros hermanos los árboles, seres sésiles, nos invitan a detenernos. Un libro que hunde sus raíces -como un árbol- en un riquísimo subsuelo de tradición literaria y, a la vez, despliega en sus ramas la necesidad urgente de una conciencia ecológica.
Cierro el libro y las últimas palabras flotan suspendidas en el aire, como destellos de luz: «A pesar de todo, la vida se abre camino».
Flora Rueda Laorga es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense y ha ejercido como catedrática de Lengua Castellana y Literatura en Educación Secundaria hasta su jubilación en 2017. Forma parte del Grupo Guadarrama de innovación e investigación educativa, especializado en la elaboración y edición de materiales didácticos de lengua y literatura entre los que podríamos destacar «Leer la palabra y el mundo», un conjunto de cuatro secuencias didácticas orientadas al fomento de la lectura crítica en Secundaria y de Constelaciones literarias para la Literatura Universal en Bachillerato.
Dedicada en los últimos años a la lectura y al estudio de obras literarias escritas por mujeres, ha impartido conferencias, entre otras, sobre las novelistas Mary Shelley, George Eliot, Virginia Woolf, Luisa Carnés, Toni Morrison, Alice Walker, Maya Angelou o Chimamanda Ngozi; y sobre las poetas Sor Juana Inés de la Cruz y Sylvia Plath. Ha realizado, además, dos vídeo montajes sobre poesía escrita por mujeres de los siglos XIX, XX y XXI, tanto del mundo hispánico como de otras nacionalidades.












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