«El fotógrafo», de Enrique Javier de Lara (Salamanquesa ediciones)

Una novela corta pero intensa, donde el camino del héroe sirve de excusa para hablar del milagro de la percepción.

Portada de «El fotógrafo» de Enrique Javier de Lara (Salamanquesa Ediciones)

En el cuento La obra maestra desconocida, Balzac se pregunta: ¿qué sucede cuando la búsqueda del cuadro perfecto sustituye a la vida misma? Y es esta misma pregunta la que pivota en la novela El fotógrafo, de Enrique Javier de Lara (Salamanquesa Ediciones), un relato cercano que atraviesa las inquietudes más importantes de la creatividad y que se construye en torno al regreso del héroe y la búsqueda de la tierra prometida. Como en la historia de Balzac, se enfatiza en la función del artista no como copista de la realidad sino como médium de la belleza desde la singularidad, como un buscador de tesoros ocultos que sólo pueden revelarse a través de la observación de lo que está fuera del plano visible.




La fotografía y la belleza


El Estrella es el protagonista de esta novela corta que se sostiene en torno a la obsesión artística. Un fotógrafo que está convencido de que la única forma de crear es volver visible lo oculto. Sus ojos se acercan al mundo desde una perspectiva peculiar: no le interesa registrar lo que sucede, quiere plasmar el silencio, lo que se esconde de la sombra, lo que permanece invisible. Todas sus apariciones en la novela defienden esa capacidad de entender la vida más allá de los límites del realismo. Pero eso no es todo: en esa indagación honda sobre el sentido, el propio yo se va perdiendo, se desintegra. Entran aquí de forma indirecta preguntas sugerentes en torno al lugar del artista en el mundo y la tentativa de la desaparición de lo anecdótico y lo biográfico para que el arte cobre forma y se manifieste en todo su esplendor. Desde ese lugar va desarrollándose una historia atrapante que sirve de marco para hablar de algo de lo que la literatura siempre se ha ocupado, la pulsión creadora, pero desde una visión renovada.

Entre los aciertos de El fotógrafo me gustaría señalar la insistencia en una trama casi doméstica, sin grandes acontecimientos y sin vuelcos sorpresivos en la narración. Esta aparente estabilidad ofrece un contrapunto sugerente a la progresión de una obsesión que se bifurca, que crece, que se vuelve en sí misma conciencia artística, dejando fuera al hombre. Esta forma de sostener la tensión a través del ritmo y del lenguaje supone una forma contundente de romper con los moldes de la narratología y de proponer nuevas preguntas sobre la vida y la forma en que la contamos. Una dirección que nos invita también a reflexionar sobre las características que convierten a una obra en arte puro. «Que una cosa es su arte primario, radical y desgarrado, y otra el eclectismo de la moda que todo lo pule», leemos.


Portada de «El fotógrafo» de Enrique Javier de Lara (Salamanquesa Ediciones)
A través del ritmo y del lenguaje se rompen los moldes del relato tradicional


La fragilidad humana como conciencia de lo vivido


Usando como marco la fotografía, Enrique Javier de Lara consigue plasmar inquietudes que son también válidas para la escritura. La forma en que el artista organiza las imágenes, los colores, las obsesiones geométricas en su obra, y cuánto revelan estas decisiones de su mundo interior, de su singular percepción. Sin embargo, la lectura nos invita a ir un poco más allá de la trama e incluso de las preguntas, para hacernos llegar al goce real que produce el encuentro con lo maravilloso.

En lo simbólico, la novela propone desde la común certeza del empleo de la fotografía para gestionar el paso del tiempo, hasta la intuición de que toda búsqueda artística tiene un poco de evidencia y otro poco de misterio. Hacemos fotos porque queremos conservar la intensidad de un instante, queremos volver a esa imagen y entender mejor por qué vivimos, pero también porque hay algo oculto que pensamos puede revelarse sólo a través del ejercicio del arte. Todas las preguntas de El Estrella conducen también a ese territorio inasible de la experiencia humana, donde nuestras seguridades, si las volcamos sobre la sombra, se falsean y resultan frágiles. Sobre esa fragilidad se construye esta novela preciosa, que nos retuerce el ánimo y nos invita a hacernos las preguntas que venimos esquivando.

El fotógrafo es una novela habitada por una serie de personajes complejos, que dejan al descubierto sus contradicciones y sus miedos, pero también que nos permiten entrar en ese territorio personal de fragilidad donde la ternura echa raíces y los vínculos resultan salvíficos. Y si pensamos en el protagonista, El Estrella, a pesar del aislamiento que él mismo pretende, termina funcionando como un punto de encuentro entre los demás, y genera en el resto de los personajes una especie de admiración y odio visceral. En ese sentido, la obra parece querer reflexionar sobre la manera en que se observan las pulsiones artísticas desde fuera. El Estrella se siente enloquecido y fogoso en su necesidad creadora, pero esa misma fuerza que lo sostiene es la que lo va dirigiendo a su propia destrucción, sin que el resto pueda hacer nada por evitarlo.


Portada de «El fotógrafo» de Enrique Javier de Lara (Salamanquesa Ediciones)
La pulsión creadora sostiene al protagonista y lo conduce también a la destrucción


El regreso del héroe y la tierra prometida


El fotógrafo es un Ulises moderno que, en su desesperado deseo de regresar a Ítaca, olvida los motivos del viaje. La tierra prometida ya no existe, El Estrella lo sabe pero se niega a aceptarlo. El regreso del héroe se propone aquí con nuevas preguntas sobre la relación con la memoria y la forma en que ésta se asoma a la obra del artista. La belleza, el paso del tiempo y los sueños nunca conquistados proyectan sobre el arte la singularidad y la historia personal pero no tienen carácter material, ese territorio inestable de la memoria es el ingrediente fundamental de toda creación. El viaje es siempre hacia delante, entiende El Estrella, y el arte es el modo de viajar, de comprender, de conquistar el territorio árido del sueño y de mantener en pie la búsqueda de una verdad que se sabe inalcanzable.

Si volvemos a Balzac, la obsesión de su protagonista es la misma que sostiene el fotógrafo de De Lara: la búsqueda de la obra definitiva. Mientras el Frenhofer de Balzac dedica diez años a perfeccionar un único cuadro, El Estrella intenta matizar un encuadre de su calle que permita captar el movimiento y el paso del tiempo. El primero va añadiendo una pincelada tras otra, hasta que la imagen desaparece bajo el exceso de correcciones y sólo queda visible un pie perfecto entre un caos de pintura. El Estrella persigue la imagen absoluta, la fotografía ideal, pero esta nunca llega. Por el camino, ambos van desapareciendo, y dejan flotando la gran pregunta del arte: ¿el perfeccionamiento podría destruir la esencia de la obra? ¿Qué papel juega esta obsesión en el plano de las emociones del artista? «Que ninguno de nosotros alcance jamás los momentos fugaces y subjetivos que sólo la genialidad otorga a unos cuantos elegidos».


Una novela llena de preguntas importantes


El fotógrafo deja en el aire numerosas preguntas y la posible intuición de que la verdadera tragedia del artista no consiste en no crear una obra maestra sino en sostener la creación en el deseo de alcanzarla, porque esta neurosis creativa termina devorando al propio creador. Y ese viaje de regreso, como el vivo reflejo del deseo creador. Pero El Estrella, sabemos, «jamás ha pretendido ser Ulises». Una lectura estimulante para volver a las preguntas inquietantes sobre la pulsión creadora.


Portada de «El fotógrafo» de Enrique Javier de Lara (Salamanquesa Ediciones)
«EL FOTÓGRAFO». ENRIQUE JAVIER DE LARA. SALAMANQUESA EDICIONES. 2026

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