«Gestación subrogada: capitalismo, patriarcado y poder» de Layla Martínez (Pepitas de Calabaza)

Reseña del ensayo «Gestación subrogada: capitalismo, patriarcado y poder» de Layla Martínez (Pepitas de Calabaza).



«Gestación subrogada: capitalismo, patriarcado y poder» de Layla Martínez (Pepitas de Calabaza)

Hay un momento en la película «Parque Jurásico» que me gusta especialmente. Es la escena en la que el matemático Ian Malcolm expone sus argumentos contra la apertura del parque de dinosaurios, y contra la clonación de los animales. El hecho de que podamos hacer algo, ¿indica que debemos hacerlo? Ésa es la pregunta que les lanza al grupo de ambiciosos paleontólogos. Sin duda saber entender el límite entre lo que podemos y lo que debemos hacer supone un acto angular en la organización de las sociedades. Y por no comprender este límite se han cometido los errores más importantes de la historia. Al leer Gestación subrogada: capitalismo, patriarcado y poder de Layla Martínez (Pepitas de Calabaza) he pensado nuevamente en esta escena, en este gran dilema. Creo que es un libro que puede servirnos para pensar este controvertido tema con luz y muchos datos ordenados, para adquirir un argumento sólido sobre él.


Lo que podemos y lo que debemos


Una de las primeras cosas que llama nuestra atención al acercarnos a este libro, es la inmensa capacidad de Martínez para plantear ordenadamente una serie de datos estadísticos e históricos en torno al tema. Resulta revelador pensar que un tema tan delicado pueda organizarse de forma tan clara y en un libro tan compacto. Y, si bien algunos temas importantes no llegan a desarrollarse en profundidad, creo que Layla ha sabido captar los puntos claves de la discusión y ha conseguido trazar diversos senderos de entendimiento.

El libro se halla organizado en torno a la práctica de la gestación subrogada, pero hay una breve introducción semántica y sintáctica aclaratoria, no solo para introducir el concepto en sí, sino también para argumentar el por qué del uso de determinados nombres o clasificaciones. Porque el lenguaje es político y debemos saber que todo lo que decimos puede repercutir en esta esfera de nuestra comunicación. Una vez ha planteado estas cuestiones idiomáticas, Martínez hace un repaso ligero sobre la historia y el desarrollo de la medicina reproductiva. Finalmente arriba al tema central de este libro: ¿ser padre-madre es un derecho o un deseo? ¿debe el capital controlar el curso reproductivo?

El primer ser humano concebido en laboratorio fue Louise Brown, en 1978. Desde entonces la ciencia iniciaría una carrera a muerte contra la infertilidad. En 1984 nacería el primer bebé gestado con un óvulo distinto del de la mujer gestante. Es decir, la primera vez que «la madre biológica y la mujer que había llevado a su bebé en su vientre y lo había dado a luz no coincidían». Desde entonces la práctica se ha difundido por todo el mundo generando un debate crucial sobre los límites entre lo que podemos y debemos hacer. El problema principal que señala Martínez es que los resultados positivos que obtuvo la ciencia fueron la puerta de entrada «del capitalismo en un medio que hasta entonces se había mantenido ajeno a él» .

«Gestación subrogada: capitalismo, patriarcado y poder» de Layla Martínez (Pepitas de Calabaza)

Maternidad y capitalismo


Y aquí entramos de lleno en el gran problema que supone la gestación subrogada y es la ampliación de la brecha económica. De un lado están los que tienen el dinero para pagar por una criatura, del otro las que necesitan dinero para vivir y terminan entrando en la dinámica de este negocio con la esperanza de cambiar el curso de sus vidas. Martínez aclara la urgente necesidad que tenemos de fijar «límites en lo que puede ser mercantilizable y lo que no» y nos invita a pensar el tema desde otros asuntos importantes que tienen que ver con el neoliberalismo, donde «las relaciones entre los países pobres y ricos, la frontera entre lo que se puede considerar trabajo y lo que debe ser calificado como esclavitud» deben pensarse desde todos los prismas.

Cuando Layla expresa que esta práctica roza los mecanismos propios de la esclavitud, se refiere a que quienes detentan el poder (los que pagan para gestar) terminan teniendo un absoluto control sobre la vida de la gestante, sus hábitos y su vida sexual. Este poder que les otorga el dinero que han pagado los convierte en dueños de ese vientre, mientras dure el embarazo. Asimismo el control absoluto de la gestación y las decisiones médicas no serán tomadas por la gestante sino por los contratantes y la clínica en la que trabajen. Incluso planificarán el momento del nacimiento, programando una cesárea, aunque la contratada esté perfectamente preparada para alumbrar. Y éstos son sólo algunos de los datos que podrán encontrar en el libro, donde hay también algún ejemplo real que puede servir para iluminar un poco más la complejidad del asunto.

Al final de esta larga cadena, o rodeando todos los aspectos con un grueso muro, se encuentra el neoliberalismo que «no es simplemente una ampliación de las dinámicas propias del capitalismo, sino algo distinto, todo un conjunto sistematizado de normas cuyo objetivo es regular la conducta humana». El resultado es, un sistema que nos invita a «obtener beneficios de todas las esferas posibles de nuestra vida» y que se alimenta de la forma en la que pongamos en práctica esta norma. Y lo más importante de todo es que se trata de un sistema que intenta convencernos de que todos somos responsables de la vida que tenemos, que tomamos nuestras decisiones libremente. «El neoliberalismo parte de la ficción de que los sujetos son iguales entre sí», leemos. Evidentemente, ésta es la mentira más gorda del sistema, porque conduce a la responsabilización de los individuos de carencias y situaciones de las que el propio Estado es responsable. En el caso de la gestación subrogada, si la única razón que lleva a una mujer a someterse a este proceso es el dinero, entonces, podríamos decir que estamos ante una práctica que se construye aprovechándose de la superioridad económica de unos individuos (los contratantes, de clases altas o adineradas) sobre otras (las gestantes, de clases bajas o con serios problemas económicos). ¿Hace falta que volvamos al tema de la esclavitud?

Llegados a este punto se vuelve imprescindible plantearse una importante pregunta: ¿es la paternidad/maternidad un derecho? Y otra más ¿es la única manera de vivir a pleno la crianza? La respuesta sigue estando a la vista: sobrevaloramos de la experiencia el lazo de sangre, y no terminamos de entender que para vivir la experiencia y establecer el vínculo no es necesario que las criaturas sean «hijas biológicas». «Mientras las madres adoptivas asumen la crianza de niños que no tienen a nadie que se ocupe de ellos más allá de las instituciones del Estado, las personas que solicitan una gestación subrogada lo que hacen es encargar un niño y buscar a las personas que necesitan para ello, a las que remuneran: abogados, donantes de gametos, clínicas médicas, agencias, mujeres dispuestas a gestar». Y Martínez continúa diciendo que la gestación subrogada «se acerca peligrosamente al tráfico de niños». Quizá no vendría mal plantearse si apostar por este tipo de gestación no fuera una prueba no sólo de nuestra falta de empatía hacia los niños que ya existen y que realmente no tienen a nadie en el mundo que se ocupe de ellos, sino que nos pone en un lugar ético y moral delicado, uno en el que estamos comerciando con la vida, como si fuese un producto a medida, que es en definitiva lo que se contrata en esta práctica.

Cabe señalar otro dato interesante. Quienes defienden la gestación subrogada se afilian a un argumento donde el embarazo es un mero trámite, y niegan las consecuencias científicamente probadas que tiene este proceso para la gestante —el cuerpo de la gestante conserva memoria de cada embarazo y el embarazo «modifica la arquitectura cerebral de la gestante»—. Asimismo califican a los que se oponen a ella de homófobos asegurando que es éste el único camino posible para que una pareja de hombres homosexuales viva la experiencia de la paternidad. En este punto aparece uno de los datos más curiosos, que derroca sólidamente este argumento: «el 80% de las parejas que recurren a esta práctica son heterosexuales».



Pensarnos fuera del capital


Imaginarnos otras formas de familia y de vínculos, que galopen por encima de la tradición y que «sobre todo no pasen por la mercantilización de la gestación» no deja de ser una buena alternativa para quienes desean ejercer la paternidad. Y, trabajar en medidas que faciliten la adopción por parte de familias no convencionales, quizá sea una buena forma de luchar contra esta mercantilización. En estos tiempos corrosivos es fundamental decantarse por «planteamientos anticapitalistas, antirracistas y feministas» en todos los aspectos de nuestra vida.

Defender los cuerpos, acabar con los mercados. La conclusión del libro es luminosa. La geografía del capitalismo avanza sobre los cuerpos; con el mensaje falso de que todos somos libres, se comercializa y se obliga a aceptar condiciones de trabajo esclavistas, asumiendo que «la pobreza o el paro son el resultado de las malas decisiones de los individuos, y no de cuestiones sociales o estructurales». De este modo, los estados evaden su responsabilidad culpando al individuo de su precaria vida. Y ya para terminar cabe señalar que no es tan importante el punto de vista sobre el asunto, que el debate con material contundente.

En verdad estamos ante un ensayo anticapitalista que intenta poner sobre la mesa las muchas formas en las que somos engañados y explotados: comerciando con nuestro deseo, con nuestras necesidades, con nuestra pasión. Y más allá de la perspectiva que tengamos creo que es una excelente lectura para reflexionar acerca de «qué situaciones son admisibles y cuáles no». Además, es una lectura que nos permite comprender los complejos hilos que se esconden en la gestación subrogada, a través de un discurso claro y de una ordenadísima bibliografía. En lo personal, me quedo pensando en el miedo que me produce que el Estado legisle sobre nuestros cuerpos —es lo único que no me convence de cualquier tipo de prohibición—. Sobre todo porque cuando el Estado prohíbe o censura, aparece el capital apropiándose de los cuerpos. Una constante que hemos visto en otras esferas de nuestra vida. No deja de ser un buen hilo del que tirar para seguir debatiendo. No te pierdas este contundente ensayo de Layla Martínez.


«Gestación subrogada: capitalismo, patriarcado y poder» de Layla Martínez (Pepitas de Calabaza)

GESTACIÓN SUBROGADA: CAPITALISMO, PATRIARCADO Y PODER. LAYLA MARTÍNEZ. PEPITAS DE CALABAZA. 2020

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