![]() |
Fernanda García Lao habla y ríe mucho. La cara iluminada y toda la pasión por el lenguaje. Hay algo hipnótico en su manera de hablar, que entendés enseguida si ya la leíste. El fervor por la alegría y la certeza de que se termina. No confío en el tiempo, dice. Y publica una novela donde la manera de plasmarlo es a través de una ruptura en el sentido lógico del espacio temporal. Una novela, Estación Saturno (Candaya), que se lee con una sensación de extrañeza y el recordatorio del lenguaje como matria posible.
El duelo, la luz y el tiempo son los tres pilares que articulan esta novela. Un auto que se mueve en la densidad de la pampa. El hermano, la hermana y el muerto. Un gato entre los tres. Y el movimiento que produce el vacío. «Ella tiene la muerte clavada en la mitad de la cara». La muerte entra en escena ya desde el comienzo y de forma magistral la autora consigue hacer de ese proceso de pérdida una herencia fecunda. A lo largo de la lectura nos adentramos en el mundo interior de cada personaje, su forma particular de llevar el duelo, las tensiones familiares que han dejado su marca en el trato, el silencio que se abisma entre ellos. «Que la muerte aceche y el muerto, por no estar, sea lo único vivo».
Estación Saturno permite numerosas lecturas. Elijo destacarla como una novela filosófica de deriva. La autora nos adentra en el corazón del duelo y, desde ahí, valiéndose de un paisaje telúrico, nos invita a pensar el lenguaje desde dos intensidades: lo que la novela cuenta, lo que pasa en las escenas, y lo que esas imágenes operan en nuestra sensibilidad, movilizando según qué cosas. La atmósfera, sin duda, es el gran motor del lenguaje y también de la trama. El punto de amarre de una historia de la que no terminamos de salir nunca. Fernanda García Lao juega con nuestra estabilidad mental, proponiéndonos una historia donde cierta distorsión del espacio temporal funciona de catalizador de la memoria y el deseo.
Es una novela sinéstesica, en la que lo visual y lo auditivo se mezclan a través del tacto y permiten una observación sensible y casi obsesiva del mundo roto. En ese trabajo sensorial, las escenas se solapan produciendo un extrañamiento formal deslumbrante. García Lao juega con el vacío de las relaciones, las cosas no dichas, las voces no nombradas, el pasado trepando sobre la realidad y la construcción frágil de la memoria. Y lo hace creando una novela modernísima que cuestiona la forma clásica de estas narraciones y proponiendo la fragmentación como la mejor forma de trabajar el realismo narrativo.
Me gustaría señalar esa manera de trabajar la disrupción, porque creo que es un rasgo constante en toda su obra. Y es precisamente este recurso el que le permite romper la lógica de la realidad para articular con acierto la sensación aguda y solitaria que produce el duelo. «El auto rodeado de lluvia es una pecera al revés», leemos en una de las escenas más fabulosas de la novela.
La sensación de desolación, la tristeza honda y también la necesidad de salir a flote producen en la lectura una movilización asombrosa. Una novela fascinante que cuando se termina sigue sonando en nuestros oídos. Si hasta «me parece escuchar el silbido del viejo tren, que va creciendo».
Conversé con Fernanda García Lao hace unos meses en la Librería Áncora de Málaga, con motivo de la presentación de ese libro, en el que reconstruye las preguntas fundamentales sobre el duelo y la memoria. Te invito a escucharla: habla sobre la novela, su viaje migrante y las formas sorprendentes en que el lenguaje y el pensamiento la entusiasman. ⬇️










0 Comentarios