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Flora Rueda Laorga
Leí por primera vez a Elisa Ramírez Guerra en la revista «Diario de la Educación», donde hace algunos años empezó a publicar las entradas de su blog «Albergue de dudas», una serie de historias de su quehacer diario en el aula. Me impactó mucho el tono porque, si bien están escritas desde el cariño, ofrecen una mirada crítica de la educación que me parece realmente interesante y necesaria en estos tiempos que vivimos. Además de ser profesora de Lengua y Literatura en secundaria, escribe desde muy joven y ha dado pruebas de un buen hacer en ambos campos. En 2014 recibió el XXVI Premio Ana María Matute por su relato «Volición» y tiene una novela inédita, La resistencia del agua, de 2019. La calle donde moriremos, de ediciones La Discreta, en 2026, es la primera novela que publica. Un título triste para una historia luminosa.
Contenido del artículo
- Un mosaico de historias para contar el dolor de la pérdida
- Dos hilos narrativos, dos universos estilísticos: entre la crónica realista y el lirismo mágico
- La muerte de Matías y la venta de La Esfera, un duelo también para Julia
- El Fabulario de Úrsula Fryes: un manuscrito insólito en una tienda de ultramarinos
- La Metafísica del perro
- La Metafísica del perro
- Una amplia variedad de registros para jugar con el lenguaje
- “Una calle luminosa, como un largo día de vacaciones”
Un mosaico de historias para contar el dolor de la pérdida
«Hace dos meses que terminé mi primera novela. La han leído ya todas las personas importantes para mí. [...] Eso me hace feliz. Solo falta que la lea mi madre, pienso dos o tres veces al día/ El único problema es que mi madre lleva seis años muerta». Así se abre esta primera novela publicada de Elisa Ramírez Guerra que, a lo largo de las páginas, despliega, de múltiples formas, el dolor ante la pérdida de un ser querido y su superación a través de la creación literaria.
Lo primero que sorprende al adentrarse en la novela es su arquitectura formal. La autora renuncia a la estructura tradicional para ofrecernos una novela mosaico constituida por 91 fragmentos, más un anexo con 13 fábulas. Cada fragmento actúa como una tesela: recuerdos sueltos, anécdotas, correspondencia privada, monólogos y sueños que exigen la participación activa del lector para su ensamblaje. Un juego de composición que recuerda la fragmentación discursiva de Proust, y la estructura caótica del fluir del pensamiento, iniciada a comienzos del siglo XX por J. Joyce y V. Woolf.
Me he preguntado por la función que cumple la fragmentación. Una de las respuestas posibles sería hacer visible la lógica del duelo. Precisamente, este rasgo del discurso refleja la naturaleza misma de esta experiencia (rota, discontinua) donde el pasado irrumpe constantemente en el presente y lo zarandea. Lo interesante es que Elisa Ramírez Guerra utiliza la fragmentación no como un capricho formal, sino como la única herramienta honesta para representar el caos psicológico y la dispersión de la experiencia humana contemporánea.
Utiliza la fragmentación como la única herramienta honesta para representar el caos psicológico y la dispersión de la experiencia humana contemporánea
Dos hilos narrativos, dos universos estilísticos: entre la crónica realista y el lirismo mágico
El triunfo narrativo de la novela radica en la convivencia orgánica de dos universos estilísticos radicalmente distantes que terminan convergiendo, y que podemos identificar en los dos hilos narrativos de la novela:
- La crónica realista: se corresponde con el hilo narrativo central, que avanza desde el principio hasta el final, cuyo leit motiv es la muerte repentina de Matías, padre de Santiago, novio de la narradora, y las tensiones que provoca en la familia el proceso de venta de la finca La Esfera. En ella, Matías y su esposa Ángela invirtieron los ahorros de una vida para convertirla en su paraíso particular.
Julia, la narradora, relata su acercamiento a la familia, con la que se va encariñando en este proceso, a la vez que despliega una punzante sátira hacia asuntos como la burocracia o la liturgia funeraria en España. Su voz se rebela con sarcasmo al enfrentarse a personajes grotescos como el vendedor Rafael MKTRF, o los inversores clasistas: «Solo con imaginar esas palabras -los dos conocíamos esa finca- en boca del pijo lechuguino para referirse a La Esfera, toda la casa se contamina en mi imaginación de una capa roja de mermelada podrida, de aliento tóxico, el mismo que se refiere a Ángela como “la anciana desesperada”». - La dimensión lírica (El Fabulario): La historia de Úrsula Fryes, inmersa también en un duelo por la muerte de su padre, constituye el segundo hilo narrativo y avanza paralela a la trama central hasta casi el final. Esta historia sirve de marco para el Fabulario. Las fábulas onírico-mágico-poéticas escritas por Úrsula se van intercalando en la narración principal como pinceladas de colores luminosos en un fondo gris. Durante muchas páginas no acabamos de entender quién es Úrsula Fryes y qué relación tiene su historia con la de Matías y Ángela, hasta que llegamos a un punto de intersección, casi al final de la novela, donde las dos historias se cruzan, y el plano realista de la trama central se conecta con ese otro universo onírico y simbólico que hace patente la complejidad de la novela, minuciosamente construida.
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| El plano realista de la trama central se conecta con ese otro universo onírico y simbólico |
La muerte de Matías y la venta de La Esfera, un duelo también para Julia
Durante seis meses, mientras se negocia la venta de La Esfera, Julia y Santiago pasan los fines de semana allí, y ella siente que esa casa y ese paisaje la han transformado:
«Nunca me había sentido tan bien en ningún otro lugar. En apenas tres meses, La Esfera se me había metido dentro del cuerpo y me había transformado. El sueño de Ángela y de Matías era ahora mío también».
Y de esta forma, sin haber conocido a Matías en vida, la narradora se plantea una de las grandes preguntas del libro: «¿se puede conocer a alguien en muerte, de muerto?» La respuesta es un rotundo sí. Más adelante, Julia insiste en lo mucho que ha significado para ella ese lugar y el dolor de perderlo. Hay aquí una interesante reflexión sobre la manera en que nos relacionamos con los lugares y la magia del impacto emocional que un determinado sitio puede producir en nuestra memoria. Julia expresa su sentir parafraseando los versos de la canción El sitio de mi recreo, de Antonio Vega: un lugar que, siendo de otros, fue el sitio de mi recreo, «un lugar donde silencio, brisa y locura le dieron aliento a la locura de albergar, en esa que no era ni mi familia ni mi casa, el escenario de mi hogar».
Dos universos estilísticos radicalmente distantes que terminan convergiendo
El Fabulario de Úrsula Fryes: un manuscrito insólito en una tienda de ultramarinos
A nivel formal, la inserción del Fabulario dentro de la trama realista actualiza uno de los mecanismos más antiguos de la literatura: la técnica del cuento enmarcado, cuyos ecos resuenan desde clásicos como Las mil y una noches o El conde Lucanor. Sin embargo, Elisa Ramírez no incorpora esta técnica como distracción para dilatar la muerte (como Sherezade) sino para procesarla.
El punto de intersección de las dos historias principales de la novela tiene lugar en la tienda de ultramarinos del pueblo de La Mancha donde se ubica La Esfera, el día en que Ángela, que es traductora y editora, acude a comprar y recibe, de manos de la tendera, el manuscrito de una tal Úrsula Fryes: «una autora completamente desconocida cuya única obra había permanecido oculta durante más de quince años». Unas fábulas en las que a Ángela le parecía encontrar «una mezcla extrañamente atrayente de mar y montaña, de campo y de isla, de absurdo mágico y tierra».
Este Fabulario es un conjunto de textos donde los elementos de la Naturaleza, seres animados e inanimados, hablan en primera persona sobre su condición y su destino con un lenguaje metafórico, juguetón, mágico, que contrasta fuertemente con el de la historia central, más realista y coloquial. Las fábulas no funcionan como adornos, digresiones ni meros descansos narrativos, sino que cada una de ellas mantiene un vínculo sutil con algún aspecto de la trama central y ese es el gran logro estructural de la autora. Cumplen una función terapéutica de sanación emocional, un mecanismo de supervivencia psicológica que une a Julia, Úrsula y Ángela en la superación de sus respectivos duelos. Cada fábula induce al lector a buscar en el plano fantástico las claves emocionales para entender el estado mental y anímico de las mujeres protagonistas frente a la pérdida.
Así empieza, por poner un ejemplo, la Fábula empedernida: «Éramos tan antiguas que no envejecíamos, o lo hacíamos en un idioma extraño y ajeno a todos los demás. Algunas, pequeñas y húmedas, se hacían ancianas rodando por los ríos, como niñas cantarinas, cada vez más suaves, más redondas, más pequeñas. (Siglos atrás hubo quienes llevaron a tal extremo este atolondrado empequeñecer, que se disolvieron como dinamita de fiesta y cubrieron largas extensiones de playa con ínfulas de elegancia. Ya no eran de las nuestras)».
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| Cada fábula induce al lector a buscar en el plano fantástico las claves emocionales |
La Metafísica del perro
Retazos de intimidad (recuerdos, anécdotas y sueños de la narradora, o su pasión por el buceo) son, también, piezas del mosaico. Y, casi siempre, el motivo central es la muerte. La de su madre (a la que recuerda a menudo con nostalgia); la de su abuela, (en sueños), que se aburre en la tumba y va a visitarla; y, sobre todo, la de su perro, Gingo, con el que sueña desde que murió. Hay más perros en la novela y, lejos de ser simples elementos decorativos, ocupan un lugar sagrado en el corazón de la narradora y en el núcleo metafísico de la trama.
Casi siempre, el motivo central es la muerte
El dolor por las pérdidas humanas se procesa a través del dolor por la pérdida del animal. En el recuerdo onírico de su perro, Julia alcanza la iluminación espiritual más importante de la obra: «Al final, Gingo en el sueño lo resumía todo. Todo es eso. Estar aquí. Y luego dejar de estar. Abrazar, amar, agradecer. Y después dejar marchar. Marcharse. Aceptar. Mi reconciliación con la muerte ha venido de noche, en silencio, a lomos de un perro que llegó al mundo cuando mi madre se preparaba para dejarlo».
Cartas que arrojan luz
Las cartas intercaladas en la novela no solo contribuyen a la reconstrucción del pasado, sino a reivindicar sucesos y personajes olvidados (como las víctimas del accidente de tren correo de El Bierzo en 1944). Pero, sobre todo, nos acercan a la intimidad de los personajes.
El clímax emocional de la novela se alcanza cuando Julia descubre fortuitamente, en un viejo escritorio de La Esfera, las cartas que Matías le escribió a su esposa, Ángela. La última de ellas, al final del libro, es un bello relato de infancia y un conmovedor elogio a la profesión de maestra. Con ella concluye la historia -y el duelo- en un acto de amor y agradecimiento: los lectores podemos cerrar el libro con una sonrisa en los labios.
Una amplia variedad de registros para jugar con el lenguaje
La autora juega con el lenguaje de muchas formas: alterna la narración en primera persona con diálogos, escritos en cursiva, que aportan una frescura y espontaneidad realista impecables. Inventa comparaciones y metáforas originales y divertidas: «los versos ripiosos que Evaristo leyó junto al río el día que esparcimos las cenizas de Matías me habían caído en los oídos como peladillas rancias». O el detalle al describir al comprador pijo: «Los dientes postizos y los caracolillos de la nuca por encima del cuello de pana de su Barbour con nuestros rosales de fondo me ofendieron como una pancarta del banco Santander en la puerta de un colegio». También juega en su invención de neologismos como “vertimago”, “iconoplasta”, “máximofacial” o “desideroflexia”, que el personaje de Matías había añadido a su léxico familiar.
Algunas descripciones son muy originales, como la que utiliza para descrbir la profundidad del océano donde duermen los restos del Titanic, o la de Ángela, uno de sus personajes más queridos: «Ángela tiene la cara amplia, redonda. El pelo blanco le cae recto y compacto sobre los hombros, flequillo y melena a lo Cleopatra. Sonríe mucho a pesar de la tristeza y a veces me parece que habla en otro idioma. Es un idioma ambarino, como si atardeciera, una manera de armar las palabras y sus significados con luces cálidas y sombras chinescas. [...] Ella tiene su idioma propio y lo que dice a veces es un paisaje o un abrazo: no tienes que entenderlo sino sentirlo. Su idioma es una acuarela.[...] Con todo, Ángela es a la vez terrenal como un árbol o una colina. [...] Ángela es un guión único».
El lenguaje de las fábulas es un mundo aparte, de una imaginación desbordante. El engarce entre un fragmento realista y la fábula no se da por un aviso explícito de la narradora sino por asociación libre o resonancia poética. En algunos casos está íntimamente relacionado con el texto realista de la página anterior, por ejemplo la primera fábula que aparece en el libro, la Fábula insomne, viene a continuación de un fragmento donde se narra la dificultad de Laia, la hija pequeña de Matías y Ángela, para conciliar el sueño en la Esfera: «Si no dormíamos, fabricábamos puntos suspensivos (que ayudan a conciliar el sueño como la arena de los relojes de arena. Si no despertábamos, inventábamos caminos, territorios y puntos de vista; era agotadora tanta invención soterrada, y en plena fase REM casi siempre el trazado se nos convertía en laberinto)».
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| Elisa Ramírez Guerra inventa comparaciones y metáforas originales y divertidas |
“Una calle luminosa, como un largo día de vacaciones”
Siempre cuesta cerrar un libro que te ha sorprendido y, sobre todo, que te ha removido, porque el tema de fondo está ahí siempre, acompañándonos cada minuto de la vida. Pero, además, su ruptura con la cronología tradicional, sus juegos con las historias, los tiempos y los espacios, su transitar de la realidad al sueño, de lo cotidiano a lo mágico, de la confesión íntima a la parodia y al sarcasmo, hacen de esta novela, de título triste y sugerente, una experiencia de lectura profundamente vitalista y reconfortante. "La calle donde moriremos", resulta ser un territorio onírico radiante: «una calle luminosa que parece un largo día de vacaciones», y nos recuerda que la muerte no debería ser lo importante, que lo verdaderamente crucial es la audacia de estar aquí, vivir, amar y aprender a despedirse. Una lectura muy recomendable por su calidad narrativa y su calidez emocional.
Flora Rueda Laorga es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense y ha ejercido como catedrática de Lengua Castellana y Literatura en Educación Secundaria hasta su jubilación en 2017. Forma parte del Grupo Guadarrama de innovación e investigación educativa, especializado en la elaboración y edición de materiales didácticos de lengua y literatura entre los que podríamos destacar «Leer la palabra y el mundo», un conjunto de cuatro secuencias didácticas orientadas al fomento de la lectura crítica en Secundaria y de Constelaciones literarias para la Literatura Universal en Bachillerato.
Dedicada en los últimos años a la lectura y al estudio de obras literarias escritas por mujeres, ha impartido conferencias, entre otras, sobre las novelistas Mary Shelley, George Eliot, Virginia Woolf, Luisa Carnés, Toni Morrison, Alice Walker, Maya Angelou o Chimamanda Ngozi; y sobre las poetas Sor Juana Inés de la Cruz y Sylvia Plath. Ha realizado, además, dos vídeo montajes sobre poesía escrita por mujeres de los siglos XIX, XX y XXI, tanto del mundo hispánico como de otras nacionalidades.













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