«El tiempo de la convalecencia» de Alberto Giordano (Kriller 71)

«El tiempo de la convalecencia» de Alberto Giordano (Kriller 71) es un diario sobre el dolor atravesado de luz.



Reseña de «El tiempo de la convalecencia» de Alberto Giordano (Kriller 71)

Le cuento a mi amiga Elena que estoy leyendo un libro que habla de Gaiman, donde hay una biblioteca inmensa, y nos quedamos hablando de los galeses y de los ríos, y de los tehuelches. Mientras leía El tiempo de la convalecencia de Alberto Giordano (Kriller 71) tuve muchos instantes de fluida nostalgia. Y sin embargo, no es un libro melancólico sino todo lo contrario. El tono es ligeramente humorístico y la visión es luminosa. Giordano nos cuenta que se propone escribir un diario con «la idea de anotar algo cada domingo, para ganarle terreno a la extrañeza y así poder recuperarme». Lo que nos ofrece, finalmente, es algo mucho más complejo: un registro de ayeres donde hay un juego y una apuesta estilística fascinante. Y lo mejor, esa forma de obligarnos a entornar los ojos frente a las palabras para pensarnos, para que las palabras actúen de una forma que ni siquiera somos capaces de explicar. ¡Un viaje literario en "la chata" para volver al lenguaje, desde un tiempo distinto, con este idioma raro que siempre termina acercándonos, incluso cuando nos creíamos más lejos.



Un registro de la tristeza desde la luz


El tiempo de la convalecencia de Alberto Giordano se caracteriza por «la práctica del intimismo espectacular, la experimentación con registros y tonos que no son estrictamente los del ensayo crítico», con el deseo de acercarse de un modo nuevo a los lectores. En este punto reside uno de los grandes aciertos del libro, algo que tiene que ver con la forma pero también con el mensaje. ¿Cómo escribir un diario sin que suene tan erudito pero que, al mismo tiempo, permita cierto coqueteo con la erudición? Un lenguaje a mitad de camino entre lo cotidiano y lo filosófico, que es, después de todo, el que se maneja en las redes, al menos el que trasciende —aunque ahora que lo pienso esta palabra no se ajusta al formato del que hablamos—. Un lenguaje cuidado que no abandone lo ordinario o lo cotidiano pero que muestre cierto aire naif. Y tengo la sensación de que este libro es por un lado la reafirmación de ese lenguaje —porque es la forma de hacer funcionar el discurso— pero es también su confrontación —una indagación en torno a ese lenguaje espectacular—. Y creo que hay buenas y necesarias razones para escucharlo.

El punto de partida es la herida. ¿Existirá otra razón para acercarnos al oficio? En este caso, el deseo de superar la melancolía —sigo lamentando que ya no se use esta palabra en el ámbito médico. En esto también estoy en línea con Giordano—. A Sexton su médico le recomendó la escritura para expresar esa angustia furiosa que la sobrecogió después de cada uno de sus partos. Y ella se sentó a escribir, y escribió algunos de los poemas más interesantes de su tiempo. Giordano, como Sexton, se sienta a escribir contra su terapeuta, contra el canon, contra el sistema, contra sí mismo. Escribe y va reformulando un complejo universo de idas y vueltas donde en el centro está la tristeza. Con la luz o el enfoque en el contorno, la depresión se va desmenuzando. No desaparece, pero sí ocupa menos espacio. Al final terminará diciéndonos que no se supera la tristeza, se rompe con ella y se aferrará a la «figura del sobreviviente, el que descubre o inventa en sus patologías condiciones para la intensificación de la vida».

Hay una pregunta muy interesante en torno a si sirve de algo nombrar nuestras patologías. Joan Didion dice que cuando algo nos atraviesa y nos arrastra a la desesperación lo mejor que podemos hacer es estudiarlo científicamente, para poder saber contra qué nos enfrentamos y entender lo que realmente nos está pasando. En Giordano la visión es otra: «en ningún caso la elección de nombres precisos ha servido para contener el proceso patógeno aludido», dice. Es más, su forma de ir contra ese proceso de extrañeza es el opuesto, «sólo el apego a lo imaginario y la apuesta a lo absoluto».


Hablar de lo grande, desde lo mínimo


La prosa de Giordano es honda pero se maneja desde un terreno superficial. Esta es una gran virtud que no siempre tendemos a apreciar, porque se tiene la mala creencia de que un texto profundo tiene que ser extremadamente filosófico y despegado de la carne, de lo cotidiano. Personalmente, admiro profundamente a los escritores y escritoras que me sacuden hablándome de cualquier cosa cotidiana que me lleva a pensarme en lo profundo. Y estoy convencida de que es mucho más difícil aprender a pensar con un lenguaje sencillo pero complejo que con uno profundo y complicado. Confundir lo complejo con lo complicado es otro de los grandes problemas del arte en general, y de la literatura muy en particular.

Pero volviendo a Giordano, nos ofrece un discurso que no se despega de la superficie, de los cafés, de las revistas, de las esperas en los consultorios, de las nimiedades cotidianas de la vida. De fondo, sin embargo, hay hilos, invitaciones al pensamiento, juegos de sentido, que nos permiten abrazar un conocimiento audaz en torno a numerosos temas. «Se hereda más de lo que se sabe y de todo hay que poder apropiarse para que el patrimonio no nos aplaste»; y yo pienso en esa idea de conocer la tradición para poder ir contra ella. Y se me ocurre que eso es precisamente lo que encontramos en este libro. No es un diario al uso, sino un esmerado esfuerzo de estilo para reformular la idea y el sentido de diario. Más cerca de una crónica instantánea, que de los sesudos registros cotidianos a los que nos tiene acostumbrados el género. ¡Y ojo! Hay diarios maravillosos. De hecho, soy una lectora bastante devota del género; sin embargo, entiendo que no podemos pensar lo íntimo de la misma forma que en los tiempos de la Woolf. Y creo que ésa es una de las cosas que viene a decirnos Giordano, cuando propone lo confesional como un «un ejercicio de apertura a lo desconocido que transforma el yo en direcciones imprevisibles»: un dejarse invadir por los nuevos registros que avanzan sobre el lenguaje y lo modifican para encontrar una voz distinta, contemporánea a la vez que clásica.



La literatura, que todo lo atraviesa


No sé si existe algo que nos fascine más a los lectores y lectoras que encontrarnos con libros dentro de otros libros. Las referencias bibliográficas, casi bíblicas en algunos casos, nos permiten continuar ampliando nuestro árbol de lecturas y agrandando el agujero de nuestra sed de conocimientos. En este libro de Giordano también hay espacio para las referencias cruzadas: se pasean por estas páginas autores y autoras, poetas, ensayistas, pensadoras con libros que llamarán nuestra atención o nos recordarán una experiencia lectora que teníamos olvidada. ¡Y hasta podemos disfrutar de un poema del grandísimo Giannuzzi! Dice Giordano que un escritor que lee establece una relación de tire y afloja entre sus dos oficios. Leer cuando debemos escribir se convierte en un "aplazamiento deseoso" responsable, porque siempre lo que leemos influirá o modificará nuestra forma no sólo de mirar el mundo sino también de contarlo. O algo así. «No sería raro que mi formación deba mucho a este mecanismo neurótico, la procrastinación responsable". Lo de aplazamiento deseoso es mío, que no me familiarizo con la cacofonía espeluznante de uno de los términos más populares de nuestro tiempo. Sobre las manías que tenemos con el lenguaje también hay buenos hilos de los que tirar en este libro.

Hay algo en la prosa de Giordano que me conmueve. Algo que se parece a la experiencia estética, que ha formulado con tanta lucidez Mariano Peyrou. Algo que me sacude y que aunque puedo explicarlo, prefiero no hacerlo del todo: por esa cosa del misterio que nos precede y nos resguarda. En ese universo flotan conceptos como el de «los cariños idos»; que ya la empiezo a asumir en mi propio lenguaje. No se me ocurre una forma más linda de denominar a aquello que nos ahueca los intestinos y que no podemos articular, que con palabras así de sencillas, así de dulces, así de cercanas. En este tipo de construcciones y pensamientos me he quedado suspendida. Porque hay, como decía, una inquietante y profunda mirada sobre la vida, sobre la autoestima, las relaciones del yo consigo mismo y con los otros, y también sobre la aparición intermitente de la culpa sobre las identidades vulnerables, el peso de la educación en nuestra forma de entender lo que nos rodea, y las relaciones especiales que suponen la paternidad y la amistad. Todas estas experiencias condicionan el malestar, porque es a través de la mirada de los otros que entendemos quiénes somos; pero también son los huecos por los que se atreve a brillar la esperanza. Quizá en esta búsqueda de equilibrio imposible se centre el destino y la razón de este libro, puede que de todas nuestras tambaleantes vidas. «La vergüenza y la culpa no me dejaban siquiera flotar en alguna forma de aceptación», dice Giordano. Y en el capítulo siguiente nos contará algo superficial, algo gracioso. Y será capaz de hilvanar un discurso que nunca abandona el fondo del lenguaje pero que se halla perfectamente vinculado a la materialidad de la vida, como puede ser una experiencia anodina o risueña en un café de Rosario o de Buenos Aires.

«Ni siquiera los psicoanalistas saben por qué uno se empeña en lastimarse, durante un tiempo». Decía que Giordano escribe contra todo, empezando por el sí mismo, siguiendo por su psicoanalista, y atravesando en el camino todas las herencias posibles, para deconstruir un yo que se encuentra fracturado a causa de todo eso. Es posible que un libro no sirva para sanar, mucho menos para salvarse, pero si deseo profundamente que a otras lectoras les ocurra lo que a mí me ha pasado; eso de entender la importancia de «poder disfrutar de la soledad en la que se toman las decisiones más importantes». Ese estado que consiste, como dice Giordano, en poder arreglárselas solo frente a un mundo que siempre nos resultará hostil. Saberlo, aceptarlo, es un buen punto de partida contra el monstruo del tiempo.


«Hay que entrar en intimidad con la intimidad de un estilo —el modo en que una vida pasa a través del discurso— para poder apreciar los desdoblamientos de la función autoral». Giordano se propone en este libro una búsqueda personal que tiene mucho más que ver con revolucionar los moldes estéticos de lo que a simple vista parece. De hecho, a esto me refería también cuando hablaba de la hondura que se consigue desde un discurso aparentemente superficial. Y vuelvo a esta idea, con insistencia, porque es lo que más me ha cautivado de este diario. La fuerza del lenguaje y sus amplias posibilidades para hacernos ver la vida de otra manera, desde una mirada estética, que se opone al tono del discurso de nuestra modernidad, donde la superficie lo es todo y no hay nada debajo de la realidad que se muestra. La idea de buscar un discurso verdadero, dentro de lo que cabe, dentro de lo paranormal que resulta contar nuestras intimidades para que un otro-pantalla nos lea y crea que nos conoce, y conseguir un libro de estas características me parece verdaderamente admirable.

Tengo que decirle a Elena que cuando viaje a Madryn —porque siempre deseamos volver a los sitios donde fuimos felices— me tiene que llevar a Gaiman, para que busquemos juntas esa biblioteca. Que será una excelente excusa para volver a la ruta de mochileras, sin que importen el miedo y el sistema. La literatura siempre es la esperanza de lo que podremos hacer después de la convalecencia. Un planear un viaje cuando ni siquiera sabemos si algún día terminará esta crisis. Una mirada a un futuro que vemos seguro, aunque su naturaleza sea tan incierta. Una promesa que no se acaba nunca, como tampoco se acaba el lenguaje. Como tampoco acaba este libro, que nos ofrece una segunda parte en «el tiempo de la improvisación. Cómo mantenerse a flote en la proximidad de un remolino». ¿No es acaso una de las formas más precisas y a la vez arremolinada de referirse a la vida, a esta vida, y a las que vendrán? Que nadie deje de leer este diario convaleciente y luminoso.


«El tiempo de la convalecencia» de Alberto Giordano en Bestia Lectora

EL TIEMPO DE LA CONVALECENCIA. ALBERTO GIORDANO. KRILLER 71.

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