«Vindictas. Cuentistas latinoamericanas» VV.AA. (Páginas de Espuma / UNAM)

Reseña de la antología «Vindictas. Cuentistas latinoamericanas», publicada por Páginas de Espuma en coedición con la Universidad Nacional de México.




Hay una escena en la película «X-Men. Días del futuro pasado» en la que Lobezno le pide al profesor Xavier que, cuando llegue el momento, encuentre a cada uno de los integrantes del grupo y los reúna. «Recuerda estos nombres», le dice, «Tormenta, Jean, Cíclope, Pícara». El profesor le responde que va a hacer todo lo que pueda. «Todo lo que puedas está perfecto», es la respuesta de Logan. Es una escena que siempre me ha parecido magistral. Mientras leía el libro del que hoy vengo a hablarles —Vindictas. Cuentistas latinoamericanas (Páginas de Espuma / UNAM)— la he recordado. Porque, de pronto, he visualizado un canon literario diferente (y diverso); una realidad soñada, capaz de materializarse si hiciéramos todo lo posible por recordar todos los nombres de la literatura. Esta lectura ha supuesto un descubrimiento que vino acompañado de un profundo agradecimiento por el trabajo que han hecho sus antólogas, Socorro Venegas y Juan Casamayor, pero también, de una rabia muy fuerte. ¿Cómo es posible que estas autoras hayan desarrollado carreras literarias tan sólidas y sean absolutas desconocidas para el mundo de las letras? Las antologías cumplen una función política. Hasta antes de este libro, el objetivo era convencer al mundo de que el mundo del cuento era territorio de hombres, a partir de ahora es recordarnos que ha habido una injusticia y que debemos remendarla. Abrir los ojos es comprometerse con los nombres olvidados. Esta antología puede ser una maravillosa forma de descubrir lo que nos hemos perdido del cuento latinoamericano.



Antología política


Toda antología plantea una posición política. En el caso de Vindictas. Cuentistas latinoamericanas el asunto político es ponerle nombre a la desmemoria del patriarcado y recuperar las voces de una veintena de escritoras que han sido condenadas a vivir en el olvido. Y digo olvido, mientras repaso algo que dice Juan Casamayor en el prólogo que me parece muy lúcido. «Para olvidar tiene que haber una voluntad de querer recordar. Y aquí no se ha querido recordar. Estamos frente a la invisibilidad. Estamos sin memoria». Omisión, desmemoria, entonces serían conceptos más adecuados para explicar la ausencia de estas mujeres en el canon literario.

Vindictas es una antología de cuento que nos invita a leer a algunas de las escritoras latinoamericanas ninguneadas por el patriarcado. Un libro que se compone de relatos donde la sangre, la violencia y la soledad son hilos conductores de tramas increíblemente audaces, estética y corporalmente. Hay que hablar de cuerpo si se trata de la escritura de mujeres en cualquier caso, pero sobre todo cuando se trata de recuperar voces aplastadas por las políticas opresivas contra la mujer. Porque estas escritoras cargaron con el estigma en el cuerpo y escribieron cuentos extraordinarios, y valientes incluso en nuestros días. Y, precisamente, estos cuentos echan raíces en los músculos, en los brazos, en la tierra, en la relación con la naturaleza y con la sangre. Podríamos decir, entonces, que es una antología sobre la escritura corpórea de un grupo de mujeres con habilidades excepcionales para la escritura.


Marta Brunet, Hilma Contreras, Silda Cordoliani, Susy Delgado, Mimí Díaz Lozano, Pilar Dughi, Mercedes Durand, María Luisa Elío, María Virginia Estenssoro, Rosario Ferré.

El libro tiene un prólogo interesantísimo que, en lugar de presentarse como un estudio erudito que permite afrontar el hilo conductor de esta reunión de mujeres escritoras, nos ofrece una conversación entre las antólogas, Juan Casamayor y Socorro Venegas. En dicha charla, cercana y luminosa, plantean las razones por las que es necesario este trabajo, así como también, las dificultades que debieron afrontar para llevar a cabo esta titánica tarea. Entre cuyas barreras habría que mencionar que la desarrollaron durante la pandemia, lo que, si bien por un lado impuso grandes dificultades a la hora de encontrar material, también fue un hermoso aliciente para ellos, porque trajo luz a un año tan desesperante. Gracias a la luz de esa hermosa conversación se nos abre la puerta a esta antología absolutamente necesaria en estos tiempos difíciles que vivimos.

Antes de zambullirme en los versátiles y fascinantes universos de este libro quiero hacer un pequeño comentario en torno a la edición. Por un lado, quiero destacar las deliciosas ilustraciones de Jimena Estibaliz, que iluminan tanto la cubierta exterior como interior del libro, y que nos permiten imaginarnos a estas mujeres luchando contra sus monstruos, contra sus miedos, contra el mundo que intentaba sepultarlas en las sombras. Escribiendo en sus cuartos propios, contra viento y marea. Creo que Estibaliz ha sabido captar la identidad de esta obra, dejándonos imágenes que se quedarán para siempre en nuestra memoria.

Otro detalle que quiero señalar es la pequeña libreta que acompaña el libro, que viene con un cuento —en mi caso ha sido el fabuloso relato «Desaparecida» de Ivonne Recinos Aquino— y unas hojitas en blanco para que anotemos las escritoras que hemos descubierto. Sería interesante que todas llenáramos esas páginas con las autoras a las que hemos podido poner nombre y voz gracias a esta antología. El otro apunte es sobre el colofón, una perla dorada que nos encontramos al finalizar la lectura. En él aprendemos que la fecha de impresión del libro coincide con el asesinato de Bartolina Sisa, heroína que luchó contra los españoles por la libertad de su pueblo aymará. No se me ocurre una mejor forma de celebrar a las mujeres luchadoras de Latinoamérica y del mundo entero, que con la grandísima Sisa Vargas. Otra voz a escuchar en estos tiempos rarunos.



Escritoras con cuarto y pulso propio


«Siento que este vacío se está comiendo mi vida poco a poco», escribe en su cuento María Luisa Puga. El vacío de un sistema donde la mujer tenía una clara misión de docilidad para alimentar el ego de los hombres. De puertas para adentro, de corazón para adentro, estas mujeres escribieron. Y me viene a la cabeza ese cuento de Mimi Díaz Lozano, «Ella y la noche», «¿Cómo medir la noche, sus sombras, su tremenda oscuridad?», se pregunta.

Todas estas mujeres lo tenían todo en contra y, sin embargo, se sentaron a escribir para entender el mundo, incluso a sabiendas de no conseguirlo. «Ya no se preguntaba qué había hecho mal, sólo quería que el castigo terminara», escribe Mirta Yáñez en «Nadie llama de la selva». La culpa creciente. La culpa que nace en el cuerpo y se extiende a las extremidades y circula por los dedos para que algunas de estas escritoras escriban cosas como ésta, de Marta Brunet, («Soledad de la sangre») «Terminar con todo (...) No vivir mecanizada en el trajín y en el tejer esperando que llegara el sábado para comer un mendrugo de recuerdos incapaz de saciar la angurria de ternura de su corazón».


Mercedes Gordillo, Gilda Holst, María Luisa de Luján Campos, Marvel Luz Moreno Abello, Bertalicia Peralta.

Algunas de las protagonistas de estas historias son mujeres abnegadas que, de pronto, deciden dejar de serlo y recuperar la libertad que les ha sido arrebatada, al descubrir el dolor y el olor que les aturde el cuerpo en ese espacio de sombras al que han sido condenadas. Como lo narra tan bien en «Cómplices de extraños juegos» María Luisa de Luján Campos: «Siempre todos alrededor de mí, pero fuera de mí. Tan lejos de lo verdaderamente mío».



Otras, son mujeres que siempre han sabido lo que querían; que no dudan, y avanzan contra el mundo. Y pienso en ese cuento maravilloso de Bertalicia Peralta,«Guayacán de marzo», en el que una mujer asesina a su marido y lo entierra en el fondo del terreno, convencida de que su libertad y su felicidad dependen de sus propias manos, y decidida a no seguir permitiendo ciertas cosas. «Sembró un guayacán, y regreso a la casa». O ese otro cuento que me tiene obsesionada, «Locura», de María Luisa Elío —tengo que confesar que es mi favorito; lo he leído y releído muchas veces fascinada—. «Tengo tal terror que he logrado olvidarme del miedo», escribe Elío, en una narración sobre la imposibilidad de apropiarse de la identidad porque sobre ella cae el sesgo de una sociedad machista y cerrada.



Hay un elemento que comparten las protagonistas de todas estas historias. Un elemento que las vuelve vindictas. Todas saben que se merecen mucho más de lo que tienen y están dispuestas a demostrar su poder. Muchas, han tenido vidas cómodas pero infelices, y son poseídas por el deseo de independencia y de libertad, las ansias de vivir su propia vida, de vengarse de quienes las han subyugado, de castigar a los que las han maltratado, de proteger lo más preciado que les queda: su cuerpo.

Y me viene ese cuento extraordinario de Susy Delgado, que merece un comentario aparte por la forma que tiene de trabajar con un lenguaje mestizo. Su cuento plantea dos invisibilizaciones: la del cuerpo (ser mujer en un mundo de hombres) y la de la voz propia (la negación del idioma de la tierra para poder mezclarse con el mundo blanco). Y dice en su cuento «La sangre florecida» «Los males siempre vienen del varón, que nació para eso, para ser la perdición de la mujer». Una frase que podría ser totalmente actual, pero que fue escrita en un tiempo en que la reivindicación feminista era sólo para valientes. Y Susy, que continúa escribiendo, pagó con el ninguneo. Y la menciono porque es una de las pocas autoras de esta antología que todavía escribe, y se me ocurre que es un nombre que estamos a tiempo de salvar; una autora increíble que no tiene que estar en la periferia, en las sombras.


María Luisa Puga, Yvonne Recinos Aquino, Armonía Somers, Mirta Yáñez, Magda Zavala. Son las vindictas. Hagamos todo lo posible por recordar estos nombres.

Vindictas es, en definitiva, un libro en el que las antólogas se han propuesto «trazar una genealogía indispensable para volver a mirar el canon literario del siglo XX, del que ellas están ausentes». Recuperar las voces de estas mujeres que no sólo están en las sombras por ser mujeres, sino también por haberse dedicado al cuento. Y en ese trabajo de memoria histórica se nos invita al agradecimiento hacia mujeres que tuvieron la valentía de ponerse de pie en situaciones adversas y escribir con el cuerpo lleno de sangre. «Si muchas escritoras hoy podemos escribir y contar lo que queremos, lo que nos mueve, lo que nos duele, lo que nos interesa, es gracias a que otras escribieron antes», leemos en el prólogo.

«Durante décadas se ha antologado de espaldas a las escritoras». Deseo profundamente que la lectura de este libro nos sirva para entender ese multiverso de género y forma que se nos ha negado, donde autoras de obras variopintas escribieron y publicaron en situaciones desfavorables y «lucharon por construir su habitación propia en sociedades donde la invisibilización de las mujeres era la norma». Que nadie deje de leerlas. Que nadie se deje fuera de sus próximas lecturas esta reivindicativa, poderosa y exquisita antología del cuento latinoamericano.



VINDICTAS. CUENTISTAS LATINOAMERICANAS. VARIAS AUTORAS. ANTÓLOGAS: SOCORRO VENEGAS Y JUAN CASAMAYOR. PÁGINAS DE ESPUMA / UNAM. 2020

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