«Los desnudos», de Antonio Lucas (Visor)

Reseña de «Los desnudos», de Antonio Lucas (Visor).



«Los desnudos» de Antonio Lucas (Visor)

Por qué alguien se lanza vorazmente en busca del sentido del lenguaje. Por qué alguien en lugar de escoger una vida trivial y suficiente, prefiere encandilarse de palabras y hacer de las preguntas el sentido. Responder a esta inquietud me convirtió en lectora y periodista: para lograr saber por qué se despierta la búsqueda poética en aquellas personas a las que admiro. Por qué escriben los escritores y escritoras que me fascinan. Juan Marsé decía que intentaba en la escritura revivir el gusto que lo atravesaba cuando en la infancia le contaban cuentos. «Dejarse al fin caer despacio en la emboscada», leemos en Los desnudos de Antonio Lucas (Visor), porque «qué otra cosa es avanzar». Zambullirse en el lenguaje, con los sentidos despiertos, como quien no sabe, y lo ha entendido bien, que «recordar es asumir que todo acaba en las palabras». Quizá ahí esté la intuición y el afán poético de Antonio Lucas. En este nuevo libro, se aferra aún más a lo concreto, desde un tono aforístico y delicado, presentándonos una lúcida pregunta sobre la delicada tensión entre vida y escritura. Que nadie deje de leerlo.

La amistad, esa otra vida


Uno de los temas fundamentales de Los desnudos es la amistad. Me gusta pensarlo como un homenaje del autor a todas aquellas personas que le han acompañado a lo largo de su vida y que le han ayudado a convertirse en el hombre y el poeta que es. Sus múltiples yoes, sus amigos, sus referentes: todos ellos confluyen en este libro fabuloso. Podríamos decir que es una compleja miscelánea que reúne todas aquellas voces que han sido fundamentales en la arquitectura de este hombre, que sigue buscándose, que espera entender, que intenta asirse a la esperanza.

«En la amistad está todo cuanto quieres / para no caer un poco más». Los amigos, como mástiles que asoman cuando la marea sube, sosteniendo lo que queda de nosotros, impulsándonos hacia arriba, enseñándonos a mirar el fin de la tormenta. En ese sentido, es éste un libro mágico: lleno de versos entusiastas sobre el caminar (o navegar) en equipo, incluso cuando estamos solos. Un canto de bienaventuranza por esos otros cercanos, que sostienen nuestro esqueleto a salvo de la desolación absoluta. Y en esta reunión de voces y cuerpos, la curiosidad y el anhelo de luz podrían ser el punto de encuentro y organización de esta mixtura tan personal como comunitaria.

En ese homenaje cabe también una intensa reflexión sobre las muchas formas de no estar en el aquí y ahora; quizá podríamos pensar en las trampas de una realidad superficial que nos tienta a confundir contactos con amigos, caras detrás de una pantalla con abrazos de carne y alma. Contra esta tendencia abrasiva escribe Lucas, llenando de palabras el sentido del encuentro, pese a que «hay quienes malviven mirándose sin ganas / y no arderán jamás, y no temblaron nunca».

Y entre esas voces, esos otros, encontramos a aquellos poetas que han iluminado con versos la voz de quien les canta. Evidentemente, en la búsqueda estética de Lucas podemos encontrar claros referentes (los vanguardistas franceses, la poesía española de los cincuenta y setenta); sin embargo, su voz siempre ha sonado auténtica. Muy luminosa, pese a la nostalgia; más profundamente asentada en figuras asombrosas y bellas, que en el realismo de una poética del dolor. Ése es para mí uno de los rasgos más atractivos de su poesía. En Los desnudos nos permite intuir que uno de los puntos de partida y de amarre de su poética es la curiosidad: esa alegría infantil de encontrarse con (y en) las palabras: «La frágil verdad que es el asombro», leemos.


Reseña de «Los desnudos» de Antonio Lucas (Visor)

La luz del asombro


Desde el periodismo, Lucas empuja la poesía hacia dentro, para armarse de un discurso estético contundente, que roza la poesía pero se distingue de ella. Desde la poesía, la curiosidad (ese bicho que nos hace periodistas) le ayuda a transitar diferentes significados, atravesando caminos y conjugando mejor su estar aquí y ahora. Teniendo siempre como norma el camino, es decir, siendo un inconformista. «Porque dime, si una vida se inventa tan despacio / para volver a quedarse en paz, dónde está la conquista». Y se me ocurre que en este libro podemos detectar la madurez de la búsqueda de toda una vida. Encontramos un lenguaje consistente cuya cualidad es la mirada puesta más que nunca en lo pequeño y el empleo de versos liberados de las tensiones estéticas y formales. La palabra avanza hacia lo desconocido, desenfrenada, y más alegre que nunca.

«Quien confía en lo inmortal muere de tiempo». Vivir. Vivir. La vida y sus embustes. La vida y sus achaques. La vida y la curiosidad. Este libro nos invita a leernos con más ganas y a tomarnos menos en serio. Y, en este punto, cabe una nueva lectura para el título: como una invitación a desprenderse de toda atadura y vivir más plenamente. Los desnudos pueden ser los amigos que forman equipo con el poeta, pero también podemos ser nosotros, abrazando el estímulo de vivir otra vida, desprendida de la avaricia y la herrumbre de nuestro tiempo. Y ahí encuentro una ventana de luz. La herida existe, evidentemente, porque la muerte es un destino del que no podemos huir; pero también hay fulgor: ganar es vivir hoy, aquí, contigo.

Cabe señalar, sin embargo, que lejos de estar frente a una poesía positiva, colindante al discurso de nuestro tiempo de «todo el que quiere puede», en este libro encontramos mucho dolor; que es el íntimo del poeta, pero es también el dolor social de los otros olvidados. Y aquí hallamos otra bella invitación colectivizante: acercarnos al dolor de los otros, con nuestra carne. Mantener viva la memoria colectiva, para construir una realidad distinta. Y lo digo con Antonio: «Recordar es huir del cuerpo / y lo de afuera hacerlo casa».

Una de las cosas más fascinantes de la poética de Lucas es ese juego de sentidos. De forma sutil, el lenguaje nos invita a pensar en el doble de las cosas. Así como el título podría apoyarse en la invitación al desarraigo, donde los desnudos seríamos los lectores y lectoras que asumiéramos ese desafío, también está ese mismo juego a dos puntas en muchos poemas. Y esto es algo que también podemos encontrar en su libro anterior, Los desengaños (Visor), donde el planteo de la desesperación no nos deja huérfanos: siempre hay una luz de fondo. En Los desnudos, la firmeza está en la duda. Construir certezas inciertas, como nos lo revelan algunos de los grandes poemas de este libro, parece una de las intenciones reincidentes en la poética de Lucas.

Y volviendo al habitar el aquí y el ahora, debemos referirnos a lo colectivo. Algo que se ve representado no sólo por los tatuajes de aquellas estéticas y nombres que han hecho posible el pensamiento y el discurrir poético del autor, sino también por la mirada de otros diversos, en este empeño por construir un país distinto. «Qué terrible orquesta es un país herido de sí mismo». Los desnudos abarca lo colectivo en dos líneas bien definidas: los otros extraños con los que construir un mundo y los otros cercanos que son otros-nuestros. Sobre ellos hay maravillosos poemas también. Esos que siempre son unos pocos, a veces ni familia de sangre, unos pocos que nos han abrazado en el derrumbe y que han hecho posible que el golpe en el deshielo no fuera tan rotundo. En ellos está también nuestra historia, entendemos en esta lectura. «Eres la memoria de aquellos que has querido».


La poesía de Antonio Lucas. Premio Generación del 27

Qué es un hombre, en los ojos amados


Hay un poema que me parece extraordinario. No sólo porque trate del grande de Leopoldo María Panero, a quien leo siempre con el mismo asombro del primer día (a medio camino entre la rabia, la tristeza y la admiración más intensa), sino porque creo que Lucas, con absoluta lucidez le ha escrito a Panero el poema que él podría haberse escrito a sí mismo. Una carta de despedida, que es luminosa en toda su contextura. Leemos: «La locura tiene más prestigio que la vida, y más profetas, y eso duele». Lucas se apoya en la simbología de Panero para construir una defensa de la libertad disparando contra lo más vil del sistema: apoyándose en esa lucha de Panero por sobrevivir a la psiquiatría desde la poesía. «Qué rosa atroz asoma debajo de tu sangre, qué legítima defensa». Y sigue, hundiéndose en la soledad de un cuarto de hospital, en el abandono de los tuyos, en la terrible desesperación que supone no saber qué es un hombre. Es un poema realmente extraordinario; para leer, releer y recomendar. «A veces no basta una vida para llegar a una verdad». Un poema sobre Panero en el que también estamos nosotros.

De la luz sabe mucho Antonio Lucas, que en sus columnas, arañando la tristeza de algunas de las mentes más brillantes de la Historia, supo ofrecernos esperanza. ¿Con qué corazón se construye una vida desde el dolor para entregar alegría? ¿Abrazando qué antorcha se escriben semblanzas como la de Arthur Rimbaud, Annemarie Schwarzenbach o Agota Kristof [Vidas de santos (Círculo de Tiza)]? Son, posiblemente, las palabras más brillantes y exactas que se puedan decir sobre ellos. Ese trasfondo de esperanza, cuando la esperanza no es autoengaño sino confianza en el porvenir, siempre me ha asombrado y maravillado de la estética poética y periodística de Lucas. Y en este libro, ha encendido todas las luces de su casa. Ahora, más que nunca, hay fe en la renovada idea de lanzarse al vacío en busca del lenguaje. «Pero un día la vida se vuelca hacia el milagro. / Y danzas de nuevo».

Quizá, también contenga este libro los mejores poemas de amor de Antonio Lucas. Versos que abrazan triunfales la esperanza del instante fugaz. «El amor vive al fondo de las cosas: / y dura lo que dura la quietud». La herida es saber que es pasajero, que se nos apaga, que nos dura tan poco; pero el hallazgo es el instante, todo lo que sabemos, todo lo que tenemos: «nosotros que al amarnos fingimos algo eterno». El amor, que supone la idealización, la construcción de una posibilidad en los ojos del otro. «Quien te ama te inventa, / sin saber que lo hace y en esa ficción nos vamos gastando / y en esa costumbre se ensancha la tierra / y en esa verdad quisiera quedarme». El amor, que tarde o temprano entendemos que nos salva. También hay luz y esperanza en aferrarnos a esas breves chispas de alegría.


Antonio Lucas en Bestia Lectora

La propuesta estética


¿Qué es un hombre?, se pregunta Antonio. En estos tiempos de revolución en los que todos buscamos nuestro lugar y en el que mucho de lo aprendido se ha revelado tramposo, me parece una propuesta interesantísima. La posibilidad de reconstruirnos desde el no saber. Apátridas, solitarios, desnudos, buscando un nuevo hogar en el que amarnos, más allá de las propuestas de un sistema que espera de nosotros la sangre a toda costa. Y «Qué hermoso parecer extraño para el otro, / sin miedo ni país». En cierta forma, insisto, se me ocurre que Los desnudos somos (o seremos) todos los que decidamos partir de la inquietud. Adoptar como único camino de sabiduría la certeza del no saber, que es asumir que, incluso sabiendo mucho, sabremos poco. «Cuanto sé de mí es duda de mí mismo», escribe Lucas. Hay una huella de luz en esa inquietud, en ese no saber, en esa pregunta de la pregunta.

Los desnudos presenta una propuesta estética y de fondo clarísima. Un canto a la libertad y a lo diminuto. «Ya sabes que la vida nunca indulta / a los que huyen del festín de amarse a oscuras», leemos. Con un trabajo de forma más libre que nunca; lo que significa, una poesía más auténtica y más salvaje. El empeño de la voz que murmura y grita los versos está puesto en trascender el dolor y el miedo a lo desconocido, desde la cercanía y el abrazo del ahora. Escribir como si fuera lo último y más necesario, atravesando ese miedo: con la ilusión puesta en la infancia, y la mirada en el presente. «La vida se concreta mejor en lo pequeño», cuando alguien te abraza y es tuyo el mundo. Aquí está la semilla de mostaza de este libro gigante. De lo pequeño a lo complejo, del corazón solitario a la vida del mundo.

Hay, finalmente, una promesa: merece la pena la escritura. Merece la pena pensar en el mundo de los otros y asirlo con la piel. Aunque «El viaje es para todos: de la nada a la nada». O, quizá, precisamente por eso. Para sentir, como Marsé, ese impulso de vuelo que es la infancia, renovando el presente, reavivando así el fuego del instante. Atreverse a sentir con todo el cuerpo, aunque el mundo pretenda embaucarnos con sus fuegos fatuos. Porque, al final, como dice Lucas, «Nosotros, los desnudos, / (...) los desconvocados, / los sin templo, los ajenos / (...) ganaremos el mar».


LOS DESNUDOS. ANTONIO LUCAS. VISOR. 2020

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