«Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)

Isabel González cuenta muy bien el fracaso de la clase media en un mundo capitalista.

Portada de «Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)
«Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)

En los últimos años, y cada vez más, han caído en mis manos libros de mujeres rotas, de personas de clase media que ven hundirse sus oportunidades mientras una melancolía profunda las invade. Ésas personas somos. Me gusta pensar que finalmente la literatura exige una verdad que antes sólo se les permitía contar a los ricos. Ahora la literatura que importa se cimenta en las contradicciones, y relata nuestra miseria. En un mundo que vende el consumo como carnet de pertenencia a la existencia, todos tenemos que aparentar una despreocupación por el dinero, porque de lo contrario seremos señalados. Lo vemos pero nos cuesta salir de ese círculo vicioso de explotación laboral y de persecución de logros que nada tienen que ver con alcanzar la paz interior. Esto les ocurre a los personajes de Nos queda lo mejor de Isabel González (Páginas de Espuma), quienes ven desmoronarse sus sueños y tienen la oportunidad de aceptar o no lo que las vida les ofrece. Un libro precioso que nos permite redescubrir a una autora que sabe trabajar con excelencia con el material del que está hecho la vida para convertirlo en literatura.


La literatura que importa se cimenta en las contradicciones, y relata nuestra miseria

Una mujer conduce por la carretera mientras escucha en su cabeza la voz de Félix Rodríguez de la Fuente narrando la vida de los animales. Un enorme águila aterriza sobre el asfalto y se lleva en el pico una serpiente. Con esta metáfora extraordinaria en torno a lo que el tiempo hace con nosotros, y con nuestro deseo, arranca un libro de cuentos intenso donde las historias son atravesadas por esa sensación de lucha por la supervivencia. La vida se desmorona y las pocas certezas que validaban el mundo se diluyen en la voz de la narradora y un encuentro afortunado (o desafortunado) pone patas para arriba ese viaje. «Ella acababa de ser testigo y ella quería la verdad». Este primer cuento está lleno de aciertos, entre los que me gustaría señalar esa narración en forma de monólogo interior que se ve interrumpido constantemente por la realidad; no, no por la realidad, sino por la manera en que la voz narradora la ve, los ecos de esa realidad en su mirada del mundo.

Y este juego entre voz interior y choque con la realidad es algo que sostiene todos los cuentos. Y me interesa porque de alguna manera nos permite pensar que aunque la realidad es una cosa estática la fragilidad de los cuerpos —el afán de supervivencia es el máximo exponente de nuestra fragilidad— intenta imaginar que tiene la capacidad de expandirla. En ese deseo de supervivencia y expansión echan raíces estos cuentos. «La habilidad natural resiste en un cuarto sin ventanas, al fondo de la casa, y la luz de ese cuarto nunca se apaga».


Este juego entre voz interior y choque con la realidad es algo que sostiene todos los cuentos

El paso del tiempo nos señala. A medida que vamos creciendo mejor podemos reconocer su huella en nosotros. A través de la estructura Isabel González da protagonismo al paso del tiempo, representándolo a través de las estaciones del año; asimismo, todos los cuentos apuntan para ese lado. La forma en la que llega la madurez, la manera en la que vamos endureciéndonos al mundo, los efectos de la violencia de los otros y el momento en el que decidimos que ya no. Como la joven que va a la piscina y se enfrenta al grupo de señoras que insisten en llamarla como su abuela. González construye así una posibilidad de fisura a esa realidad: imaginar otras posibles miradas, otros cuerpos, otras verdades, para romper con la horma de una vida que no satisface, y de paso pensar en nuestra fragilidad y en la poca importancia que le damos a las únicas cosas importantes. Algunos personajes consiguen abrirse, romper con las ideas de domesticación. ¿Podremos nosotras al leer este libro?

El estilo de Isabel González es directo pero atravesado por un humor que nos interpela. No vas a morirte de risa sino que vas a descubrirte dibujando esa sonrisa de costado —mitad alegría, mitad pena—, el realismo histérico de una vida que nos pasa por encima. Pero a través de esas píldoras de realismo, Isabel González consigue ofrecernos algo de luz. Quizá porque pone el foco en lo que importa: ¿Qué queda? ¿Acaso importa? ¿Acaso podemos saberlo? Acelerar en la carretera y aceptar lo que venga, pensando en lo que no fue pero siempre con el deseo intacto, o todo lo intacto que podamos. Creo que ahí hay una voz, una mirada nueva para el mundo, y también para la literatura.


Portada de «Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)
«Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)

Isabel González consigue plasmar de forma extraordinaria los matices de la existencia de la clase media: sus miedos, su quiebre total, su desesperación. Los personajes que conocemos a lo largo de la lectura pertenecen al mismo grupo al que pertenecemos muchos de nosotros: personas que trabajan y que se sienten colmadas por las exigencias de consumo del capitalismo, pero intentan imaginar otro día, un día en que las cosas mejoren. Contar la inestabilidad laboral, la impresión de los roles patriarcales sobre las identidades, la rabia de las mujeres que no han podido vivir como esperaban. Todo esto se ve muy bien plasmado, matizado con experiencias cotidianas que nos permiten extraer un aprendizaje tanto a los personajes como a nosotros. Al leer Nos queda lo mejor nuestras penurias parecen menos duras, porque finalmente hay otros cuerpos que experimentan lo mismo. Y eso me parece importante, porque la literatura que integra todas las realidades es la única llamada a quedarse. «Lo que hace falta son dos cabezas. una que mire adelante y otra que mire hacia atrás»


Isabel González consigue plasmar de forma extraordinaria los matices de la existencia de la clase media

En un mundo sacudido de frases hechas que nos aseguran el éxito en función de nuestros esfuerzos, este libro se reafirma en la rebeldía. Nada sucede como deseamos: sean nuestros esfuerzos lánguidos o constantes. La vida es un golpe de azar concatenado a otro, y así van pasando los años. Y un día nos sacude la certeza de nuestra mortalidad. Quizá hasta que no asumamos que la juventud no es un tiempo de cultivo sino de derroche no conseguiremos sanar ese yo interior que se pregunta si pudo haber hecho las cosas de otra manera. ¿Por qué no mirar qué hacer hoy? Ésa parece la gran idea a la que se aferran los personajes, y me parece una gran iniciativa para vivir mejor.

Lo que queda es un futuro impreciso, pero el cuerpo tantea el mundo y avanza, y ahí la luz. De alguna forma este libro intenta reivindicar el fracaso como señal de vitalidad. Para reconocer que hemos fracasado debemos estar vivos y tener esperanza, porque sin esperanza no hay pregunta sobre la muerte —o el paso del tiempo—. Es, en definitiva, un manifiesto hermoso sobre la contingencia de la vida, su carácter de sin sentido y sin para qué, pero rodeándolo desde su sustancia: sus qués, sus voces, sus objetos. Que nadie se pierda los maravillosos cuentos de Isabel González.


Portada de «Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)
«Nos queda lo mejor», de Isabel González (Páginas de Espuma)

NOS QUEDA LO MEJOR
ISABEL GONZÁLEZ
PÁGINAS DE ESPUMA
2022

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