«Larvas», de Tamara Silva Bernaschina (Páginas de Espuma)

Una nueva recomendación de Mar Carrillo de Albornoz.

Cubierta de «Larvas» de Tamara Bernaschina (Páginas de Espuma) /  © Mar Carrillo de Albornoz
«Larvas» de Tamara Silva Bernaschina / © Mar Carrillo de Albornoz

EL SABOR ÁSPERO DE LA TIERRA

Mar Carrillo de Albornoz

«Iruya muere a las siete de la tarde. El sonido de la montaña es hondo. Los colores también. Hay algo profundamente hermoso en este cielo. Algo distinto. Algo que me gustaría nombrar». Larvas, de Tamara Silva Bernaschina (Páginas de Espuma) es una colección de cuentos con una atmósfera común. Nos traslada a un mundo, a una geografía en la que la autora centra su sensibilidad literaria. Todos se sitúan en el campo, en un pueblo o varios del interior de Uruguay. “No acampar ni abordar” es uno de los cuentos que forman parte de ese mundo y que me atrae no solo por la fuerza de las imágenes, sino porque emociones como el miedo o el malestar aparecen en él de manera sutil y tardía. La aspereza solo como textura de los cuerpos y de la tierra. Hablar de este cuento es establecer una frontera artificial, ya que forma un todo con los demás. Lo elegí porque abre mi corazón a toda la obra de Tamara Silva Bernaschina.



No hablar


¿Se puede escribir el cuerpo? Podemos, quizá, decir qué le ocurre al cuerpo cuando está enfermo, dolorido. Decir lo que vemos, oímos y sentimos en la piel, es el cuerpo. «La piel de Ignacia, fría y áspera como una piedra». La aspereza de la respiración, de los latidos. A lo largo de la lectura, nos adentramos en una serie de historias que nos invitan a pensar qué ve Tamara Silva Bernaschina en las posibilidades materiales del lenguaje cuando piensa el cuerpo. Podemos apreciarlo en este fragmento: «Una noche, Ignacia me hace meterme una piedra a la boca (…) Con los dedos me tantea el paladar y cierro los labios alrededor de ese tacto. Me mira. Con la lengua le hago círculos alrededor de los dedos. Los envuelvo en saliva hasta que me dice que abra la boca. Entonces agarra la piedra. El sabor áspero de la tierra me hace toser. Estamos en un hueco de la montaña. Me mete la mano por debajo del short. Me separa un poco las piernas. Me cuesta hablar con la piedra entre los dientes. Me gusta eso. No hablar. Babear por las comisuras de la boca y no poder hacer nada para que la baba no me moje la remera».

No hablar. A través del sabor a tierra ella alcanza el espíritu y la sangre, con resonancias debajo del short, con la saliva que moja la remera. La aspereza de la tierra, de algunos colores. Al contacto con la piedra, su boca segrega saliva, segrega escritura. Un cuerpo extraño en su boca que se convierte en cuento. Y por otra parte, como dice Olvido García Valdés: la extrañeza que a veces causa lo más propio, lo más vivo e innegociable de uno mismo. «Me hace un gesto que no entiendo del todo, como diciendo, qué te pasa. No sé qué me pasa, Ignacia». La experiencia de un cuerpo. Interior y exterior son espacios no estancos. El exterior, la tierra, acaba constituyendo a la protagonista de la manera más íntima, hasta que pasa a formar parte de ella. Se rompen las jerarquías entre animal, vegetal, mineral. Ignacia lo hace explícito: «Ignacia dice que los animales son iguales a las plantas y a las piedras. Que todos son materia vibrante ensamblada».


Cubierta de «Larvas» de Tamara Bernaschina (Páginas de Espuma)
El cuerpo en los cuentos de Tamara Silva Bernaschina


Lo que la montaña le hace al cuerpo


El cuento crea un mundo. «Mis días en Iruya se reducen a caminar con Ignacia. A hablar con Ignacia. A dormir con Ignacia». La mirada de la narradora focaliza lo corporal y lo que la montaña le hace a su cuerpo. «Tierra. Antes era algo que no podía nombrar. Pero después supe. Lamer la montaña se parecía mucho a lamer su lengua. También sé que ese es el olor de su ropa».

Pero después supe. En los cuentos de Tamara Silva Barnaschina lo sobrenatural acompaña a algo que cuesta nombrar. Algunos personajes, niños sobre todo, comprenden antes, o de otra manera. Lo sobrenatural se vincula a sus emociones, a entender lo que les pasa. Como la niña de “La gallinita ciega”: «Y yo ya supe desde que se me acercó que la náusea del día siguiente iba a ser mucho peor que la del día anterior o la de cualquier otro día». O en el cuento “Agua quieta”: hay un cuerpo medio flotando en la orilla, y Carlos, otro niño, sabe de quién se trata: «Sabe quién es. Hace mucho tiempo que no lo ve, eso sí. La mamá. La Clemen. Ya lo había dicho ella y nadie entendió. Ahora cree que entiende. O entiende a medias».

Poco antes del final de “No acampar ni abordar”, la protagonista rompe el hechizo del agua y la niebla: expresa su deseo de quedarse allí para siempre. Se rompe el hechizo y el deseo se cumple. Lo fantástico aparece con naturalidad, presentido. «Ignacia, gris como una piedra. Mejor. Ignacia. Piedra. (…) Ignaciapedruzco sobre mí, antes de que el agua embarrada que baja por el hueco de la montaña me cubra entera, a mí, que soy no más ahora tejido blando disuelto en el agua de la montaña».

«Quedate», dice la montaña. Ella trata de escapar. «Hago fuerza por levantarme. Fuerza de verdad. Fuerza como la que no hice nunca». La montaña está sobre ella. «Toneladas de minerales sobre mis piernas que ya no son piernas sino tripas» (…) «Tejido blando disuelto en el agua de la montaña». La violencia llega tarde. La montaña, el lugar más bello, al final la fuerza con su peso. Un evento sobrenatural que permea el mundo narrado. Permeable es un buen adjetivo para los personajes de Tamara Silva Bernaschina. Cuerpos permeables y emociones permeables. Cuerpo y materia se mezclan en este cuento. Hay imágenes, hay sonidos. Un gran trabajo con el lenguaje, con la atención centrada en lo sensorial, en las texturas, el ritmo, las pausas, los espacios que permiten respirar al texto.


Cubierta de «Larvas» de Tamara Bernaschina (Páginas de Espuma) /  © Mar Carrillo de Albornoz
Lo fantástico aparece con naturalidad en «Larvas» de Tamara Silva Bernaschina / © Mar Carrillo de Albornoz


Son de carne y hueso


Los miedos y preocupaciones de niños mayores y adolescente, como los cambios en el aspecto físico y la aceptación social, toman forma en miedos de etapas anteriores como monstruos y fantasmas. Me gusta mucho que la forma en que lo simbólico se vuelve literal, como en el cuento “Larvas”. A la protagonista le salen pececillos cuando va al baño, y ella los observa en la orina, deseando que sean otra cosa, un residuo de algo. Pero no, no son ningún residuo, sino peces de verdad: «Son de verdad, dice Maia, al final, y mira a su amiga con terror (…) Emilia lloriquea del susto. Maia repite, Emi, son ciertas, son de carne y hueso». En su narrativa transforma metáforas en hechos literales. En este sentido, estos cuentos se integrarían en la tradición del realismo maravilloso, pero hay algo en la mirada poética de Tamara Silva Bernaschina que nos ofrece algo diferente.

Hay seres de madera y de piedra en la literatura que se convierten en niños y pájaros. Aquí encontramos a una mujer que se acuesta con una montaña y se diluye en agua. Tamara Silva Bernaschina lo narra de forma tan bella que esa disolución nos parece la continuación del amor al paisaje, al “paisaje emocional”, en palabras de la propia autora.

Mar Carrillo de Albornoz (Almería, 1957) es escritora. Licenciada en Psicología, ha trabajado siempre en el ámbito de familia e infancia. Desde septiembre de 2024 vive junto al mar en Almuñécar (Granada). Ha publicado el libro de cuentos Arcilla azul (2009) y formó parte del volumen colectivo Geografías bárbaras (2023). En 2024 publicó el libro de cuentos Después de la piscina en el sello Tres Hermanas.

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