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Aunque antes de Goethe existían las novelas de iniciación, pensemos en ejemplos como El lazarillo de Tormes (1554) o Robinson Crusoe (1719), él puso en el centro el proceso de formación espiritual que fundaría el género Bildungsroman. Su gran aporte fue concebir la narración desde la perspectiva de alguien que evoluciona y aprende a comportarse como un sujeto moderno dentro de una sociedad secularizada. Desde entonces las novelas de iniciación han llamado mucho la atención. Estoy pensando ahora en dos ejemplos magníficos, El adolescente de Fiódor Dostoyeski y Primera memoria de Ana María Matute, porque comparten algunas cualidades con El camino de los ingleses de Antonio Soler (Galaxia Gutenberg). En 2004 esta novela fue merecedora del premio Nadal y, dos años más tarde, sería llevada al cine bajo la dirección de Antonio Banderas, en una película que contribuiría a la historia del cine nacional al dar visibilidad a jóvenes actores y actrices que se convertirían más tarde en nombres relevantes de la escena cinematográfica española: María Ruiz, Mario Casas, Alberto Amarilla, Raúl Arévalo, Marta Nieto, Fran Perea. En ella Soler explora ese momento de inflexión en la experiencia vital en la que abandonamos para siempre la infancia. El narrador retoma ciertos acontecimientos de su pasado y trata de descubrir cuál fue el momento en que se jodió todo (no podemos evitar pensar en Zavalita); a través de una narración que combina melancolía y brutalidad nos adentramos en las preguntas que nos explican. Acudir al desvío y construir desde ahí. Volver a leer El camino de los ingleses, en la edición magnífica de Galaxia Gutenberg, es recordar por qué nos enloquece Soler.
Contenido del artículo
Nuevo título en la Biblioteca Soler de Galaxia Gutenberg
Antonio Soler es uno de los mejores narradores contemporáneos. No me canso de decirlo. Creo que muy pocas personas están a la altura de su escritura. Hay una condensación de intensidad y talento en sus novelas, y una exploración fabulosa de la memoria, la identidad y los claroscuros de la experiencia humana, que hacen de él un novelista sin igual. Su estilo que combina lirismo, densidad psicológica y atención al paisaje tiene una marca personal asombrosa: la ciudad de Málaga atravesada por el tiempo pero, sobre todo, las personas que habitan sus novelas atravesadas por esa ciudad y el tiempo. Personajes comunes en los que él consigue ver algo especial, aquello que los vuelve únicos, inolvidables. Como los chicos y chicas de El camino de los ingleses.
Desde sus comienzos, la obra de Soler ha llamado la atención de la crítica y del público más exigente. Probablemente su capacidad verbal para trabajar con el interior de los personajes enfocándose en la huella que la violencia ejerce sobre el desarrollo de la psique, las consecuencias de ciertas decisiones y la manera en que se va construyendo la identidad íntima y colectiva, le han servido para convertirse en uno de los novelistas más destacados de su generación. Cabe mencionar también su cuidadoso trabajo del ritmo y la exploración del lenguaje a límites experimentales sorprendentes. Aunque sus historias se ambientan en un entorno realista, la manera en la que los sueños, el deseo y lo metaliterario se incorpora en su obra, hacen de ella una verdadera experiencia alucinatoria del lenguaje.
Desde hace ya un tiempo la editorial Galaxia Gutenberg viene recuperando las novelas de Antonio Soler anteriores a Una historia violenta (la primera novela que salió en esta editorial), dándonos la posibilidad de descubrir o redescubrir algunas historias deslumbrantes, como El nombre que ahora digo, Las bailarinas muertas o El sueño del caimán, algunas de las cuales se encontraban descatalogadas o eran muy difíciles de conseguir. Recientemente se ha sumado una nueva entrega, de la que es quizás su novela más famosa, El camino de los ingleses, con la que Soler ganó el Premio Nadal y que en 2006 fue llevada al cine bajo la dirección de Antonio Banderas. Volver a este relato de adolescencia que se acaba ha sido una experiencia fabulosa. Recordar por qué nos gusta tanto Soler, la magia de la literatura que siempre es presente.
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| La obra de Soler revive gracias a la biblioteca que le dedica Galaxia Gutenberg |
El final de la infancia
Ambientada en Málaga a finales de los años setenta, El camino de los ingleses nos presenta la historia de un grupo de amigos adolescentes en el ocaso de la etapa de candor. Se me ocurre que detrás de su escritura las grandes preguntas que se intentan responder son: ¿qué nos hace despojarnos de la inocencia? y ¿qué es lo que ocurre en esa transición que nos lleva a olvidarnos de nuestros sueños? Con una gran naturalidad pero también extrema sensibilidad, Soler consigue cautivarnos con la vida de este puñado de jóvenes que en el meridiano de la vida comienzan a descubrir que la cosa va en serio, que dijera Jaime Gil de Biedma, y que todos los actos tienen consecuencias. Una novela que ya desde sus primeras líneas nos sacude de luz y ensoñación: «En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina desde cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se llevaron las nubes».
La frontera entre la inocencia y la madurez. La vida, los sueños de infancia, los valores que se creían inamovibles son desplazados por la experiencia y una nueva certeza: la vida es dolorosa y la única manera de sobrevivir es asumiendo la soledad y el vértigo. El último verano. El gran deseo de la escritura es captar toda la intensidad de ese tiempo para hacerlo durar. Una estrategia que al narrador le serviría para volver a esos días, revivirlos, quedarse un poco, reforzar esta idea de que todavía no ha terminado lo bueno, recuperar la magia de aquellos días que ya se fueron. Miguelito, Paco Frontón, Luli, Babirusa, la Cuerpo, Avelino Moratalla, El Garganta... Después de una infancia de unión y juegos, el último verano se levanta como una catapulta que los separa: cada uno seguirá solo su camino, su propio camino, que nunca fue el que habían alimentado y soñado juntos. Las diferencias de clase y estatus social jugarán un papel importante a la hora de trazar el recorrido que los jóvenes podrán realizar. Antonio Soler trabaja con acierto las dificultades de sobrevivir sin un suelo donde apoyarse. El fin de la inmortalidad. La idealización juvenil se va abriendo para dar paso a la realidad, con su crudeza y su grisura. Todo el infierno en casa. Hay una escena que es la bisagra de todo: «Y Miguelito, girándose despacio, la vio salir de los vestuarios, su silueta detenida un instante en el resplandor de la puerta y después devorada por la luz, casi desintegrada».
La escritura de Soler no es sensiblera sino de profunda sensibilidad: está arraigada en la materia, pero interesada en lo que la materia no muestra, lo que se esconde al ojo. Su mirada está enfocada en el interior de los personajes, en sus sueños, en aquello que los avergüenza. En las escenas más realistas, se asoma un caudal imaginativo sorprendente, que cambia la dirección del relato. Así, un coche de color fresa, una mujer que se parece a Lana Turner o un padre ausente pueden ser tremendos disparadores de la ficción. La narración planea sobre elementos inauditos que tambalean o mueven hacia delante la vida de los personajes, posicionándolos en una frontera donde realidad y ficción conviven con la revelación. Estoy pensando en Miguelito, un joven que por un golpe de mala suerte (debe ser operado de un riñón en la adolescencia) conoce a un hombre que le presenta La divina comedia de Dante Alighieri. Un hecho inesperado que irrumpe en su vida para convencerlo de convertirse en poeta, aunque ninguna de las personas que conoce lo sean o crean que él pueda serlo. «¿De verdad que vas a ser importante, poeta?». Miguelito Dávila.
Un narrador al borde del abismo
El gran acierto de esta novela es la perspectiva. Y esto es algo que descubrimos en cada una de las obras de este escritor. Aquí: un integrante más del grupo, pero que permanece en el borde, sin ser visto apenas. Un narrador a vista de águila que consigue atravesar con su lenguaje la historia del grupo y guiarnos a través de sus circunstancias. Un narrador apegado afectivamente al grupo, que no duda en puntualizar comentarios en torno al comportamiento de los otros y que nos ofrece exquisitas descripciones de la Málaga de entonces, del barrio, de la cultura juvenil de los años ochenta. Podríamos pensar esa voz como un alterego del propio novelista que imagina sobre lo sucedido.
Lo que esa voz nos cuenta son los hechos que marcarían el futuro de ese grupo de amigos. Han pasado veintitres años desde que ocurrieron, pero la literatura nos permite volver a ese verano. Escuchamos a través del narrador el relato de Paco Frontón que dice que no hubo más domingos ni más veranos como aquel. «Hubo otra cosa. Ya no hubo más domingos. Ni siquiera veranos hubo, de verdad. Ese fue el último». Hay también un giro en la narración, una segunda voz, la del Garganta: un periodista que anuncia los cambios meteorológicos, a través de los cuales se manifiesta el tono y la temperatura de la propia trama (¡una idea magistral que aporta ritmo a la novela!). Una voz que, con acierto, acapara el punto de vista en la adaptación cinematográfica, bajo la interpretación magnífica de Fran Perea.
Señalo esto para adentrarme en un comentario que creo importante. En su día, la crítica literaria señaló que El camino de los ingleses es una novela coral. En esta nueva lectura me detendré un momento a rebatir esa opinión. La coralidad se está tomando en el mundo de la crítica con cierta ligereza últimamente, dejando de lado los aspectos estrictamente narratológicos y centrándose en la mera multiplicidad de personajes importantes dentro de una historia. Entendemos por novela coral aquella que se construye desde múltiples voces narrativas, cada una con su propia perspectiva y focalización. En la obra de Soler, Sur sería un ejemplo perfecto de este tipo de estructura.
El camino de los ingleses, en cambio, presenta un gran abanico de personajes y llegamos a penetrar en sus universos íntimos; sin embargo, todas esas perspectivas nos llegan filtradas por un mismo narrador, una voz fronteriza cuya posición nunca llega a ponerse en duda. Quizá el desvío interpretativo provenga de que Soler juega con una especie de narrador observador mínimamente omnisciente, capaz de entrar en cada uno de sus personajes y saber qué sienten o cómo experimentan las cosas. No obstante, a efectos de la narración, no tenemos más que su voz y una breve irrupción de Garganta, que difícilmente podríamos considerar la de un segundo narrador, más bien se trata de una voz dentro de la voz. Y digo que esto es importante porque entre los aspectos fascinantes de esta novela, uno de los más destacados es el trabajo de la focalización, a través de una voz múltiple que vendría a cuestionar la idea más convencional de la estructura de la novela.
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| Una obra de extraordinaria belleza |
El desvío perfecto para las novelas de iniciación
Quiero entrar ahora en otro aspecto que hace de esta novela una obra maestra: el tratamiento de la trama como si se tratara de una novela de iniciación pero atravesado por un trabajo formal experimental. Se produce así un desplazamiento del modelo iniciático hacia lo fragmentario y lo visual, sin abandonar el registro emocional propio de este tipo de historias, sino fusionándolo con la violencia, que funciona como eje del relato. De este modo, la novela deja atrás el maniqueísmo y la ingenuidad que a menudo caracterizan al género y se adentra en una zona de mayor complejidad y hondura, alcanzando la intensidad que le pedimos a la buena literatura.
De la inocencia de la infancia a la conciencia de la individualidad. Este es el viaje por el que el narrador nos lleva. Lo que interesa, sin embargo, no es precisamente la narración de acontecimientos en sí sino la forma en que éstos permiten la conformación de un universo propio sin comparación, donde la atmósfera emocional tiene una mayor importancia en el ritmo que el brío de los acontecimientos entrelazados. La misma se alimenta de descripciones magistrales. Me interesa sobre todo el enfoque en la luz: según pasa el verano el paisaje se va volviendo más azul y sombrío, esa frialdad que se impone en el paisaje enfriará también el tono de las conversaciones que, aunque a simple vista puedan parecer triviales, en verdad contienen la semilla del desencanto y dan paso a reflexiones, preguntas e inquietudes que tienen mucho más que ver con la certeza de haber vivido ya todo lo importante que con las posibilidades que se abren paso en el horizonte. «A veces sentía que los días eran una huida hacia ninguna parte, que el verano era una tregua falsa», leemos.
La luz entronca con otro aspecto reseñable: la sensibilidad física con la que Soler trabaja el tiempo. El verano aparece como un momento de suspensión, una última oportunidad de sentir la vida en la piel, antes del dolor. Esa luz invade la escena, casi hasta sobreexponerla, y luego se va desvaneciendo. Hay instantes de muchísima intensidad, como es potente el sol del agosto malagueño, que articulan de forma magnífica los aspectos sensoriales del pacto de la lectura. Esa luz es también el motor que empuja la voz y supone un contrapunto para el tono melancólico del recuerdo. La violencia simbólica y el deseo latente de la juventud, la vida adulta que se aproxima y los personajes que empiezan a ser más conscientes de sus desvíos y fragilidades; leemos: «en el ritmo de su cuerpo adolescente, llevaba toda la cadencia, toda la furia del mundo». Por otro lado, el mapa emocional y cultural de la novela ponen a Málaga en el centro de la literatura. Una Málaga marginal donde los límites urbanos funcionan como una especie de territorio definitivo, donde todo empieza y todo termina. Creo que con estos desencadenantes Soler ha conseguido reformular allá por 2004 la novela de iniciación.
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| La nueva edición de «El camino de los ingleses» de Antonio Soler en Galaxia Gutenberg |
Volver al temblor desde la literatura
Soler es un mago de la crudeza. En sus historias consigue fusionar con perfecta simetría la fealdad con el lirismo, construyendo personajes inolvidables, aunque en su esencia puedan ser despreciables y fácilmente desplazables de la memoria. El Babirusa, sin ir más lejos, es un personaje fascinante. No se puede descubrir el truco de la maestría, pero nos gusta rascar en él para discernir la esencia del relato. La atención constante al mundo material, a las expresiones de la experiencia en la carne, le permiten a Soler construir narraciones intensas, cercanas e inolvidables, porque asociamos la lectura con experiencias que hemos vivido (el calor, cierta luz sobre la copa de los árboles, el aroma de las flores de la infancia, la piel cambiando de temperatura, el sudor, la forma precisa en que la rabia se hace ácido en la boca). Atendiendo esta dimensión de la vida, Soler fabrica un ancla perfecto para el relato, encayándolo a lo concreto desde un lenguaje que oscila entre lo fragmentario y lo descriptivo, y el resultado es una representación fabulosa de aquellos años. En ese lenguaje, lo no dicho, lo que supone inquietud en las mentes convulsionadas de los adolescentes, ejerce el imán de misterio, que es el elemento mágico que no debe faltar en ninguna historia.
Saber vivir es saber fracasar, descubrir a tiempo que quien está atado a la muerte está condenado al fracaso, y que no tenemos control sobre lo que nos ocurre; al menos, no lo tenemos en las cosas importantes, aquellas que cambian nuestra vida para siempre. Saber vivir es entender que todo lo que alimenta nuestra memoria está hecho de deseo y pérdida, y que por el camino también hay lucecitas que se encienden para hacer más agradable el viaje. Saber vivir es encontrar luz en el sinsentido, como sabe hacerlo el Garganta. Desde la escritura, Antonio Soler, lejos de ser un escritor oscuro, intenta encontrar en la vulnerabilidad de sus personajes la luz y semilla para explorar ese sinsentido. Su escritura, hecha de resistencia y memoria, es uno de los ejemplos de todo lo que el arte puede hacer por nosotros, la posibilidad de recordar sin la culpa. La infancia se acaba de un día para el otro y nos deja vulnerables frente a un mundo hostil, que empieza en casa. No hay ceremonias, pero esta novela retrata con acierto la forma en la que todos atravesamos ese umbral, como podemos, con la ilusión todavía viva pero una sensación agridulce en la boca, que no nos abandonará nunca. ¡Ahora podemos volver a esta Málaga y retomar el relato de estos jóvenes, en el ocaso de su infancia!
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| EL CAMINO DE LOS INGLESES. ANTONIO SOLER. GALAXIA GUTENBERG. 2025 |













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