«La batalla contra la imaginación», con Antonio Soler y Vicente Luis Mora

Antonio Soler y Vicente Luis Mora defienden la imaginación en la novela en el Festival Eñe de Málaga.



Antonio Soler, Vicente Luis Mora y Sergio del Molino en el Centro Cultural Generación del 27

El Festival Eñe que produce La Fábrica desde hace unos años en la ciudad de Madrid, ha tenido lugar este noviembre. Y en ese marco, hemos contado con algunas actividades en Málaga, por segundo año consecutivo. Entre las diversas e interesantes propuestas que pasaron por nuestra ciudad una de las destacadas fue un encuentro entre los escritores Antonio Soler y Vicente Luis Mora, quienes conversaron y llenaron de pasión literaria la sala del Centro Cultural Generación del 27, en un debate acerca de la importancia de rescatar la imaginación de la creación narrativa. Un diálogo que presentó José Antonio Mesa Toré y que moderó Sergio del Molino.




La batalla contra la imaginación


El Festival Eñe ha llegado a Málaga para quedarse. José Antonio Mesa Toré recuerda sus mismas palabras de la inauguración de una actividad conjunta entre dos ciudades lejanas pero unidas por la tradición literaria. A pesar de la gran importancia que ha adquirido la ciudad en los últimos años gracias a la consolidación de una red de museos y espacios culturales de prestigio, Mesa Toré nos recuerda que «antes de esta eclosión existía una red de instituciones» que vienen trabajado y consolidando la visibilidad y la calidad literaria de nuestra ciudad. También recuerda y agradece a todas aquellas personas que han hecho posible esta actividad, desde los integrantes del propio Centro Cultural Generación del 27 y La Fábrica, hasta quienes trabajan desde las sombras por visibilizar el trabajo de nuestros artistas. Así se abre el telón a una conversación sobre el panorama literario actual donde la autoficción se ha convertido en la fórmula por antonomasia de la novela; situación ante la que nos levantamos muchos lectores, escritores y críticos literarios.

En esta conversación entre Antonio Soler y Vicente Luis Mora, media la palabra y el guion de Sergio del Molino, quien ha publicado diversas obras en el territorio de la autoficción. Como moderador, Sergio del Molino punzó demasiado para mi gusto, y contradijo a sus invitados alguna que otra vez, cosa que me molesta un poco como periodista. Soy de la línea de los que piensan que la mejor cosa que puedes hacer si deseas conocer la opinión de alguien es preguntar desde una postura en la que se sienta cómodo, porque desde la contención somos más capaces de navegar sobre las ideas y los sentimientos. Aunque con mucha lucidez, Del Molino dejó de entrada clara su postura y fue guiando el encuentro hacia su territorio. Dio la sensación de que su intención era establecer posturas a favor y en contra de la autoficción. Con lo fascinante e imaginativa que me ha resultado Sur y lo riguroso y detallado que considero el argumento de La huida de la imaginación, me esperaba una conversación más jugosa. Quizá no en contra de la autoficción, sino en defensa de la imaginación y la creatividad, en tiempos de mercantilismo sucio y de libros basura. Pese a ello, el balance del encuentro es positivo. No sólo porque resultó un debate interesante, sino porque pensar en este tema fascinante, y escuchar los argumentos de Soler y Mora ha sido permitir que se abra una hendija de luz en tanta grisura.

Cuando uno llega a cierta edad tiene que hacer lo que le da la gana. Así comienza su intervención Antonio Soler, que dice que arrancó la novela con ese espíritu, y que la experiencia lo llevó a comprobar que había más gente que pensaba como él. «Buena parte de tu obra está relacionada con la historia» dice Del Molino, y en torno a la relación entre Historia y Literatura le pregunta desde qué perspectiva se cuenta mejor la historia. Cuando conoció al historiador Paul Preston, con quien ahora lo une una amistad, se le presentó esta misma inquietud y pese a que ha pasado mucho tiempo su postura no ha cambiado, puede responder de la misma forma. Si nuestra civilización desapareciera y viniera una nueva que deseara saber cómo era la vida antes, conocerían mejor nuestra Historia leyendo a Tolstói que a un historiador; yendo a la fabulación, «porque los escritores abordamos lo oculto, lo que está en nuestros miedos y tememos, y el historiador no va al interior de la piel; por lo tanto, quienes mejor nos definen son los escritores». Agrega que él siempre ha jugado con la imaginación y que Apóstoles y asesinos fue una excepción, porque en ella trabajó sin apartarse de la realidad. «No hice ficción pero lo que conté lo hice con las herramientas de un novelista, licencias que un historiador no se va a permitir».


Defender la imaginación


«Vicente, ¿es un alegato contra un tipo de literatura o es un ensayo?» Ésta es la primera pregunta que Sergio del Molino le hace a Vicente Luis Mora. Quien haya leído el libro entenderá que «el ensayo surge contra esa música que pone por encima de la imaginación al hecho real», responde ágil Mora. Cuenta que en la ficción siempre han existido dos grandes tendencias, la que tiende a esa forma gris cerca de lo autobiográfico y la que se ocupa de los asuntos que corresponden con el pacto novelesco propiamente dicho, «y luego hay una zona intermedia muy difícil de definir y que en los últimos años ha crecido de forma exponencial» y cuya visibilidad le resulta un poco «sospechosa». Ante esta situación, ante la imposición de los hechos reales como espacio indiscutible donde habita la novela, le pareció que lo mejor era crear «un ensayo a favor de la imaginación». Expresa que ni siquiera es un reproche ante esta tendencia, ya que en todo caso, incluso si decidiéramos desplazar a la imaginación de la ficción, deberíamos preguntarnos cuál es el precio que vamos a pagar.

«Yo creo que no existe tal amenaza», declara Del Molino «¿Realmente piensas que la ficción dejará de tener un estatus en el mundo de los lectores?» Vicente Luis Mora explica que sí, que existe pero quizá la postura es más bien para explicar una realidad que le resulta preocupante como lector y como escritor: la autoficción importa más que la imaginación, y para saber que es así sólo basta mirar un poco el panorama y descubrir cuáles son las novelas que tienen importancia en la actualidad.

La postura de Sergio del Molino es que Mora está contra la autoficción y que su libro parece un alegato rotundo, una posición casi categórica contra un tipo de escritura muy diversa «existen autoficciones muy imaginativas». Mora responde que no está contra la autoficción sino que como escritor cuando se sentó a pensar y escribir el libro, se dio cuenta de que todos los espacios de visibilidad estaban cayendo en la autoficción. Esa fue la semilla de su ensayo. Y agrega que no se trata de que crea que se vaya a eliminar la imaginación de la creación literaria, sino de que nota que «se está imponiendo la autoficción como narrativa» y si esto no se revierte se corre el peligro de que se convierta en monopolista. Y por eso quiso reflexionar sobre el tema confrontando diversas lecturas y autores.




La memoria como componente inseparable de la escritura


Soler está de acuerdo con esta mirada y agrega que «hay un cierto desprestigio de la imaginación» y que eso es muy lamentable porque ella es la esencia de la historia de la novela y la poesía. A la hora de posicionarse aclara que a él, le da igual que un libro tenga un grado de autoficción del noventa o del quince por ciento, «lo que me interesa como escritor y como lector es la literatura de calidad; me da igual de dónde sale lo que se escribe». Por otro lado, aclara que en cierta medida ambos géneros, incluso la autoficción dependen en gran medida de la imaginación, porque «el género puro no existe» y quien intenta hacer memoria, hace ficción, del mismo modo que aquel que hace ficción está todo el tiempo «recabando en la autobiografía». Así que siempre hay un componente de memoria en todo lo que hacemos.

«El auténtico acontecimiento es el hecho artístico», dice Mora. A quien realmente no le interesa en absoluto el origen de lo que se está contando sino hacia dónde lo están llevando. Sin embargo, en la mayoría de las obras que se venden como autoficcionales es muy difícil encontrar ese trabajo riguroso que debería pretender todo escritor y le dan más importancia a lo vivido que a la forma en la que lo transmiten. Y en verdad no importa la experiencia que se cuenta «lo importante es cómo la sublimas. Y eso es lo que echo de menos». Cuando escribimos levantamos un mundo. «Hay quienes construyen una catedral y quienes construyen un escaparate con los mismos puntos de partida».

Antonio Soler, Vicente Luis Mora y Sergio del Molino en el Festival Eñe de Málaga

La ilusión adolecente en la lectura crítica


Otro de los temas interesantes que atraviesa la charla es la ilusión de los primeros años lectores. Dice Del Molino que de alguna forma la visión lectora cambia con los años y que en algún momento le vemos las tramoyas a la trama, descubrimos las técnicas del oficio y ya no podemos disfrutar de la misma forma de la lectura. Y continúa contando que en su caso, se siente más cerca de relatos autobiográficos o realistas porque ya que no va a poder gozar del mismo modo en que lo hacía cuando era adolescente, por lo menos este tipo de textos le instruyen, le dejan algo nuevo.

«Eso depende de cuán alto te lleve el escritor» porque si el montaje es muy inteligente y te fascina seguro que por más que puedas entender cómo se hizo lo disfrutarás. Soler afirma que algunas obras que leyó hace cuarenta años lo vuelven a emocionar de la misma forma, aunque ahora las lea con un nivel de crítica que entonces no tenía. «Depende de la ambición del proyecto». Y si es así, ya no te importa si está basado en hechos reales, continúa, y se decanta por una afirmación en favor de la lectura como si se tratara de «un viaje a un territorio que estaba previamente en tinieblas», porque está convencido de que «la literatura es inmersión». No podremos leer de la misma forma pero encontraremos un nuevo goce en la lectura.

Luis Mora dice que en su caso se emociona mucho leyendo libros de filosofía y asegura que el entusiasmo siempre depende de la forma en la que se trabaje la obra. Pone como ejemplo algo que ha hecho en el ensayo: la comparación de tres libros que trabajan sobre el mismo tema pero que lo hacen de forma distinta. Donde «los grados de calidad son radicalmente diferentes». Acepta que a la ficción cuando te conviertes en un lector crítico le puedes conocer el truco, sin embargo no entiende que esto la prive de magia. «Dices que a la ficción se le pueden ver las tramoyas, ¿y a la vida?»; también sabemos de qué va, y cada vez mejor, y sin embargo la disfrutamos, nos gusta vivir. No cree que esa sea razón para no disfrutar de la lectura. Pero cuando abre un libro le pide al autor algo más de lo que hay ahí fuera. «Que me de algo mucho más importante que aquello con lo que estoy familiarizado».

Esta afirmación está ligada a lo que dice después, volviendo a la relación entre escritura y autoficción: «Me interesa el trayecto literario de la vida», lo que significa dotar de creatividad la propia experiencia, es decir, darlo todo hasta el final y llegar tan al fondo como lo hace Cervantes con sus novelas imaginativas. Que espera un trabajo de transformación de lo vivido en lo literario. Del Molino vuelve a posicionarse del otro lado; dice que no le importan las imperfecciones, que le gusta la espontaneidad, la literatura que fluye con pasión, y que admira a los escritores que son capaces de contarse desde el dolor, la escritura como una precipitación. Agrega que incluso «libros como el Quijote, al que siempre volvemos, presenta sus terribles imperfecciones y sin embargo nos entusiasma». Y en este punto surge una palabra que no se había mencionado aún, talento. Mora dice que en el Quijote el talento se impone a las imperfecciones, y sentencia respecto a la precipitación en la escritura que sólo le interesaría «si fuera estudiada», porque valora que el escritor respete su propia experiencia y que busque una forma estética de contarla, que no se reduzca a contar como sale. Como escritor si se decantara por este tipo de escritura valoraría especialmente «el proceso de respeto ante el propio dolor» para encontrar la forma exacta que respeta «el daño cromático que yo he sentido».

Y Soler concluye que en definitiva todo depende entonces del respeto que tú le tienes al oficio, que eres capaz de trabajar en tu obra con rigor el tiempo que haga falta. Y Soler y Mora saben de lo que hablan. Sus últimos libros son joyas que nadie debería perderse: una novela coral llena de voces altisonantes en una Málaga casi onírica [Sur, Antonio Soler (Galaxia Gutenberg)] y un ensayo en torno a la importancia de rescatar la imaginación en la creación literaria y una invitación a exigirles a los autores el respeto que nos merecemos como lectores [La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-textos)].

Antonio Soler, Vicente Luis Mora y Sergio del Molino en el Festival Eñe de Málaga

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