«Centroeuropa» de Vicente Luis Mora (Galaxia Gutenberg)

«Centroeuropa» de Vicente Luis Mora (Galaxia Gutenberg) es una novela fascinante sobre lo que nos hace el tiempo.



«Centroeuropa» de Vicente Luis Mora (Galaxia Gutenberg)

«Cuando uno encuentra bajo su tierra, en su propio suelo, un cuerpo enterrado, sospecha que no está solo». Cuando una se zambulle en Centroeuropa, la nueva novela de Vicente Luis Mora (Galaxia Gutenberg), descubre que no está sola. Una trama tejida minuciosamente —entrañada de pasado pero con constantes guiños al presente—, un ritmo sostenido con elegancia y precisión y la historia atrapante de un hombre que quiere construir su propio destino. Vicente Luis Mora defiende la imaginación, y completa así un trabajo que había comenzado con La huida de la imaginación (Pre-textos), al ofrecernos una novela que usa recursos del género de la autoficción pero desde la fórmula secreta de la fábula, de las historias inolvidables. Una novela perfecta, redonda, exquisita. Con la fuerza de la tradición oral y la arquitectura ficcional a la que este autor ya nos tiene acostumbradas. Una novela hermosísima que te invito a leer, dejándome fuera lo más importante, como corresponde a cada una de mis lecturas. Mejor, corre a leerla.


Los ríos de sangre en Europa


El punto de partida de Centroeuropa es la llegada de un hombre, Redo Hauptshammer, a Oderbrunch (un sitio fronterizo entre Alemania y Polonia, bañado por el río Óder) en un tiempo impreciso, pero que iremos descubriendo a medida que avanza la historia está a mitad de camino entre el SXVIII y el SXIX. Una tierra nueva que en cuanto empuña la pala para escarbar en ella, deja a la intemperie un pasado doloroso e incómodo. Desde ahí, Vicente Luis Mora deshilvana una historia que está todo el tiempo jugando con la atemporalidad. El pasado sacude al presente y lo confunde, la memoria se cruza en la observación del narrador constantemente, y lo obliga a reconfigurar su idea de mundo que creía irrebatible. Porque «Nada empieza en un punto exacto. Nuestra vida no comienza del todo en nuestro nacimiento»; estamos todo el tiempo cambiando, mutando, y transformando la realidad que observamos a través de la memoria. Ésta es la primera gran premisa que podemos argumentar al leer esta novela.

Centroeuropa es una novela contra Napoleón o, mejor dicho, contra esa extraña forma que hemos desarrollado históricamente de vanagloriar a ciertos personajes que, precisamente, llegaron a convertirse en monstruos inolvidables por su crueldad, por haber tenido el poder para ordenar matanzas y así escribir su lugar en la Historia. («¿De qué estaban hechos esos miserables a quienes dejamos llevar las riendas?»). Es también una pregunta a la concepción que tenemos del continente europeo, de sus etnias, de su cultura.

A medida que avanzamos en la lectura, descubrimos que algunas de las certezas que mejor han sabido imprimirse en nuestro conocimiento de lo que es Europa, no representan la realidad o, al menos, sólo están basadas en una parte de la realidad. De alguna forma es una novela que nos invita a pensar en la idea que tenemos de Europa y a ponerla en duda. Decía Amos Oz que los únicos que realmente han tenido una concepción cierta de Europa son los judíos: capaces de pasar por encima de las etnias y de hermanarse en el idioma, en las costumbres, en las pasiones, abrazando una identidad colectiva y variopinta. No he podido dejar de pensar en mi amado Oz al leer a Mora. Creo que esta novela podría haberle gustado al autor de Mi querido Mijael; esta novela que podría haberse llamado «El corazón de Europa», por todo lo que implica no sólo desde la búsqueda del personaje sino también desde las preguntas que nos sugiere sobre la realidad.

Reseña sobre «Centroeuropa» de Vicente Luis Mora, en Bestia Lectora

Sostener la narración con el misterio


Una de las cualidades más portentosas de esta novela es el manejo de la distancia entre narrador, tiempo y lector. Redo rememora el pasado y mantiene nuestra atención a fuerza de anunciarnos una confesión. Pero ese secreto se extiende sobre el pasado y la única forma de comprenderlo será acompañando al personaje en esa reconstrucción. «He estado a punto de dejarme llevar, sólo para ver esas palabras, las palabras de la verdad, escritas». El narrador ansía contarnos lo que esconde; sin embargo, cuando parece que ya no hay razones para seguir ocultándose, el discurso da un vuelco y se encamina hacia otra deriva. Así, jugando con la tensión de lo no dicho, de lo inconfesable, Redo (Mora) nos mantiene siempre expectantes. En este punto encuentro uno de los aciertos más grandes de la obra: cada nueva deriva parece precisa, imprescindible y atractiva, como si Mora supiese exactamente cómo evadir la verdad del personaje sin decepcionarnos, es más, invitándonos a quedarnos con él un rato más; lo que intento decir es que el manejo del misterio es alucinante, de disfrute y aprendizaje para los que amamos la ficción y las posibilidades del contar.

Ahora bien, lo que verdaderamente sostiene la narración son las remolachas. Y en ellas, el empeño de Redo por limpiar su tierra para cultivarlas. Su deseo de insertarse en esa sociedad casi hostil y convertirse en un ciudadano más, un labrador que se gane el respeto de los odreños desde su trabajo, ofreciendo unas hermosas remolachas blancas. Y digo que sin remolachas no hay historia, porque si Redo hubiera adquirido esa tierra con el deseo de pasar tranquilamente su madurez sin escarbar en ella, jamás habría descubierto lo que abrazaba la identidad de su casa. Pero como «la tierra es como los libros: una vez abierta, también sabe hablar», una vez que él hunde la pala en su nuevo hogar, la rueda de la vida gira en otra dirección, y nosotros tenemos la oportunidad de asistir al desarrollo de esta historia fascinante. Para que después nos digan que con remolachas sólo se puede conseguir azúcar.

Siguiendo con los aspectos teóricos o estéticos, quiero apuntar una idea que me vino mientras leía la novela. Otra de las cualidades de Mora es que sabe trabajar con la forma en función de la historia que está contando; de este modo, sin que nos demos cuenta, consigue crear la atmósfera a través de la forma y el tono para ubicarnos en contexto. La fuerza que tienen estos elementos aparentemente anodinos en narrativa es brutal, aunque ya pocos narradores lo recuerden. Volviendo a Vicente, si pensamos en su novela Alba Cromm, por ejemplo, tenemos una forma de narrar y de estructurar la historia muy propia de la literatura cyberpunk, donde hay muchos recursos interconectados y de raíz tecnológica que sirven para ayudarnos a entender cómo es el mundo que habita la agente, donde la palabra futuro se ha hecho presente. En el caso de Centroeuropa, encontramos el desarrollo de la narración y una estructura que podría hacernos pensar en la literatura del siglo XIX, a mitad de camino entre el romanticismo y las primeras novelas realistas de la historia, con extensas y coloridas descripciones y un avance lento del tiempo pero dándole relevancia a los aspectos de carácter social y filosófico. Asimismo hay numerosos recursos metaliterarios que pueden servirnos para ubicarnos en ese momento histórico. La literatura es seguramente la mejor máquina del tiempo, hacia el pasado y hacia el futuro. Y Mora ya nos ha llevado en ambas direcciones. No obstante, en este caso, hay deriva también en la forma, porque hay ciertos guiños o comentarios que nos obligan a recordar en qué tiempo vivimos. ¿Qué querrá decirnos con esto Vicente? Eso es algo que sólo podemos averiguar leyendo la novela.


Una novela humanista en pleno siglo XXI


Redo tiene muchísimas dificultades para resolver un problema privado porque su conflicto se inicia en la identidad colectiva. Me resulta muy interesante esta idea, porque me hace pensar en la eterna inquietud que tenemos entre lo que es personal y lo que es político, y se me ocurre que la forma en la que se plantea aquí nos permite ampliar nuestra visión determinante con la que solemos distanciarnos de los demás. Asimismo, esta novela pone sobre la mesa algunos importantes asuntos de reflexión colectiva, como la forma subterfugia (y en ocasiones no tanto) en que la burocracia condiciona nuestra rutina y, a veces, nuestra salud mental. También permite adentrarse en las explicaciones imposibles que nos obliga a plantearnos la vida cada día con sus giros insospechados. «A partir de la cuarto casualidad no hay magia, sino sistema», dice la bruja Ilse. Nos invita a distinguir los numerosos sistemas a los que nos sumimos diariamente y a los que llamamos «circunstancia» «realidad» o «casualidad» y que tienen mucho de arquitectura impuesta que de consecuencias caprichosas del destino. Por cierto, Ilse es uno de los personajes más interesantes de la novela, quizá por nebuloso; sus apariciones, aunque ocasionales, son contundentes y resultan indispensable para entender el giro de la historia.

¿Qué relación existe entre los tres momentos del tiempo lineal: pasado, presente y futuro? Ésta quizá sea la pregunta más interesante que se desprende de esta novela. «Siempre nos han dictado que debemos tener esperanza en el futuro, que lo mejor está por llegar, que siempre hay espacio para lo venidero. Pero estoy llegando a la desolada certeza de que no es así». Redo, que ha perdido mucho intenta aferrarse a la esperanza, pero la realidad va limando esa chispa de ilusión que lo habitaba. La exploración de ciertas circunstancias del presente desde el pasado, la forma circular de la narración de Redo, sus desvaríos e incluso su manera de dulcificar el pasado me ha parecido absolutamente contundente y verosímil; al igual que su manera de poner a funcionar sus planes para librarse de la incomodidad del pasado en el patio de su casa. Mora nos presenta a un superviviente que ha decidido empezar de nuevo, con sus propias reglas, y que va a luchar hasta el último minuto si fuese necesario por conseguirlo. El punto de encuentro de los estados del tiempo es la esperanza, y Mora consigue ubicarla en la primera línea de batalla, transmitiéndonos todo su fulgor. Buscando una reflexión todavía más honda, lo que podríamos sustraer de esta lectura es que la Historia ha sido siempre la misma: una lucha de poder y supervivencia liderada por unos pocos personajes dementes que se ha cobrado por el camino la sangre de los inocentes. «El futuro también es una escritura en negro, ilegible hasta que el tiempo lo aclara»; pero el tiempo no aclara nada. Eso también lo entendemos al terminar la novela.

Centroeuropa es una novela filosófica, existencialista y humanista, con todo lo que implican estas características. Desde la fábula (que es seguramente el modo de reflexión por excelencia) Mora nos invita a indagar en algunos de los aspectos más interesantes y también inquietantes de nuestra existencia: nuestra concepción del mundo, de la sociedad, del tiempo, de los otros y otras. Y lo hace de una forma siempre misteriosa, dejando que completemos la información que falta, porque de eso se trata la literatura, y también la Historia. Sin duda alguna es ésta una de las mejores novelas que podrás leer este año. No te la pierdas. Eso sí, no esperes una lectura fácil, porque aunque puede leerse fluidamente, si te interesa llegar al fondo, tendrás que releer, indagar, repreguntarte, acerca de ciertos hitos y personajes de la historia, para absorber el máximo jugo. Y, por supuesto, dar por hecho de que se te escapara algo, como a mí, todo. Pero «para qué quiere perder el tiempo uno con aquello que puede entender sin problemas».

Vicente Luis Mora en Bestia Lectora

CENTROEUROPA. VICENTE LUIS MORA. GALAXIA GUTENBERG. 2020

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